ÉPICA SIN EMOCIÓN

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Kon-Tiki, de Joachim Ronin y Espen Sandberg, narra el periplo real de Thor Heyerdal, un explorador quien, en 1947, realizó una espectacular travesía de 8.000 kilómetros a bordo de una balsa desde Perú hasta la Polinesia para demostrar que antes de Colon, los sudamericanos podrían haber hecho ese recorrido e instalarse en Polinesia. Con un equipo de varios hombres y durante 101 días, se enfrentaron a todo tipo de peligros: mareas, tormentas, tiburones, etc. en una aventura épica y legendaria.

La película, nominada a mejor cinta de habla no inglesa, representando a Noruega en los Oscar, nos relata este particular viaje de Heyerdal y de su tripulación, así como la frágil relación con su esposa, a causa de esta quimera tan arriesgada como prácticamente imposible.

La espectacularidad de la propuesta reside en su puesta en escena, su fotografía y su montaje, que captan a la perfección y con todo lujo de detalles, los peligros a los que se engrentó este hombre en su lucha contra los elementos. En algún momento, el personaje, nos recuerda bastante a Robinson Crusoe, mientras que el film se acerca en imágenes y tipo de propuesta estética a La vida de Pi, de Ang Lee.

El mayor handicap de la película es su frialdad, y la falta de empatía y emoción que siente el espectador con los extraordinarios hechos que se le narran. Carece, por lo tanto, de garra y sentimiento para que la historia, además de entretener, implicara al público y conmoviera en la butaca. Así pues, sólo se queda en una distraida aventurilla para pasar el rato. Aunque, eso sí, el espectador acaba inevitablemente subido a la balsa y se siente al salir tan mareado como si hubiese realizado la travesía.

SONIA BARROSO.-

Pie de foto: Thor Heyendal: un explorador con un sueño, muy a lo Robinson Crusoe. 

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