TRAGEDIA EN TRES ACTOS

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En el año 1931, uno de los autores capitales en lengua española escribió Bodas de Sangre, una tragedia en verso y prosa que se estrenaba dos años más tarde en el Teatro Beatriz de Madrid. Tal fue el éxito de su puesta en escena que se convirtió en el único texto publicado en vida del autor. En 2015, tras distintas adaptaciones, tanto teatrales como cinematográficas, una directora, guionista y productora aragonesa ha llevado a la gran pantalla los personajes que aquel escribiera, dándoles una nueva forma para ser fiel al espíritu de su creador, siendo atrevida con las imágenes para respetar las palabras. El autor fue Federico García Lorca. La directora que ha realizado un salto mortal clavando la ejecución, Paula Ortiz.

 

La novia es una película arriesgada en la forma, atrevida en su planteamiento visual. Pero a pesar de ello o, más bien, gracias a ello, logra plasmar la esencia de la obra. Pareciera como si la liberación de estar sujeta a una adaptación austera le diera alas a la película, para ser una traducción audiovisual de las palabras del poeta. Quizás porque en ese saltarse las normas, la directora solo se somete al texto. Lo estruja, consigue extraerle la esencia y compone con imágenes esos sentimientos que son las palabras de Lorca. Y esas palabras tienen en cada escena una relación con el espacio en el que son pronunciadas, una especie de cordón umbilical que las alimenta y las hace crecer.

 

La fotografía de Migue Amoedo es la tinta con la que Ortiz va relatando esta historia de amor, pasión y pérdida. Con un trazo fino, delicado, Amoedo compone uno de los trabajos más cuidados y destacables de este casi finiquitado 2015. Y en una película plagada de metáforas, en la que la muerte es el reverso del amor, o en la que La Luna solo anuncia más oscuridad, el director de fotografía encuentra unos cómplices perfectos en la dirección artística de Pilar Quintana, y en el diseño de producción de la propia Quintana y Jesús Bosqued. Es en ese exceso audiovisual donde la película podría perderse, donde el alargar alguna escena solo para el deleite de la belleza por la belleza podría significar perder el contacto con la realidad que impone Lorca. Y es ahí, precisamente, cuando el trabajo de Ortiz se hace más patente: sabedora del potencial evocador de las imágenes, controla cualquier atisbo de rebelión contra el texto del que se sabe deudora. La directora permite que las imágenes vuelen y se lleven consigo al espectador, pero nunca que se escapen o pierdan de vista el texto. A todos ellos se une el exquisito Shigeru Umebayashi cuya banda sonora envuelve sin avasallar.

 

Pero es a través del reparto que la película logra que la emoción atrape al público. Todos y cada uno de los actores hacen suyas las palabras y, sobre todo, la sensibilidad de sus personajes. De tal forma que el espectador, desde su butaca, siente que es un invitado más a esas Bodas de Sangre, a esa danza macabra en la que se confunde amor y muerte. Inma Cuesta, La novia, es una mujer atrapada entre el amor, el deber, la pasión y el cariño, cuando había de ser el nexo entre dos familias desgarradas, entre dos tipos de amor, es una novia ahogada por sus dudas primero, y por su deseo después, y al mismo tiempo es ese ángel caído cuyas acciones solo han dejar tras de sí lágrimas y sangre. Es por ello que hay algo de etéreo en la interpretación de Cuesta: Como mujer parece vivir los acontecimientos como si fuera ella la espectadora de los mismos. Al despojarse del velo, lo hace también de sus dudas y la novia se torna mujer, y ésta en la causa última de la desgracia de los que ama y de los que la aman.

 

El novio es Asier Etxeandia, un hombre apocado y tierno, cuya ingenuidad oculta una pasión que, desatada por la traición, se convertirá en fatal. Finalmente, Leonardo (Álex García), casado con la prima de la protagonista, en un matrimonio espejo del que están a punto de contraer Etxeandia y Cuesta. Los amantes están dispuestos a sacrificar amores tumultuosos, y correspondidos, por amores más tranquilos. Los tres personajes comparten en mayor o menor medida las mismas faltas y las mismas virtudes, y los tres actores transmiten en cada momento las emociones que el texto de Lorca les dicta, y que ellos reclaman como propias.

 

En cuanto a los secundarios, destacar a Carlos Álvarez-Nóvoa (fallecido poco antes del estreno de la película, en el último Festival de San Sebastián), quien interpreta al padre de la novia. Un hombre que conoce los sentimientos de su hija por Leonardo, pero cuyo afán de unir las tierras de las dos familias hace que los obvie convenientemente. Junto a él, un grupo de actrices que completan un plantel magnífico. La cualidad angelical que aporta el personaje de Cuesta, la comparte con el de Manuela Vellés, pero la de esta es mucho más pura, más luminosa. Leticia Dolera, que encarna a la esposa de Leonardo, es la resignación y el intento desesperado por recuperar lo que nunca ha poseído realmente. Su contrapunto será María Alfonsa Rosso, esa mendiga que anuncia desgracias, cuyas palabras son la guadaña que acabarán por segar cualquier pizca de razón.

 

Pero aun siendo personajes importantes, y siendo muy buenas interpretaciones, por la trascendencia en la obra y la brillantez de sus actuaciones, destaca el trabajo de Consuelo Trujillo y Luisa Gavasa. Trujillo, como la criada de la novia, es el personaje que entiende las dudas y los anhelos de la protagonista y que prevé el desenlace. Sobria y sufrida, Trujillo mira con preocupación y angustia a Cuesta, y al espectador le duele cada mirada. Transmite ternura y serenidad, y el abatimiento de quien sabe que no podrá evitar la tragedia.

 

Y Luisa Gavasa. Es la madre del novio, una mujer curtida y apegada a la tierra, y que a causa de esa tierra va perdiendo a sus seres más queridos. Odia los cuchillos porqué le arrancan lo que más quiere. Lorca supo escribir a la mujer, definida por sus virtudes y por sus faltas, capturó todas las facetas y las plasmó en el papel con maestría. En Bodas de Sangre, la Madre es el hilo conductor y, hasta cierto punto, el centro mismo de la obra, en torno al que gravitan el resto de personajes. Gavasa asume el reto, y construye un personaje desde la entrañas, en una interpretación inolvidable.

 

El cine, en ocasiones, nos regala películas como La Novia.

IMMACULADA PILAR COLOM.-

 

 

 

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