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TODO FALLA, ALGUNOS GANAN
enero 26, 2016 Articulos

Hay ocasiones en las que, para entender una película en su compleja totalidad, puede resultar necesario cierta preparación previa. O eso, o introduces largos monólogos (de Anne Hathaway, por ejemplo) explicando enrevesados conceptos al espectador. O puedes dejar claro desde el principio que nadie tiene que ser experto en ciertos tópicos para entender tu película, que lo asumes, y que intentarás que todo quede claro “sobre la marcha”. La gran apuesta, de Adam McKay, escoge la peligrosamente efectiva combinación de esta última solución con una fuerte dosis de ironía y, en algunos momentos, de sarcasmo. Porque un relato situado en una crisis socioeconómica de esta magnitud es material de documentales, de series, de dramas. Sobre todo, de dramas. Y sin embargo, cuando nos paramos a pensar nos damos cuenta de que esta crisis es un mal chiste del que se ríen cinco, y miles quedan con cara de tonto.

La gran apuesta no sucede en el espacio, saltando entre agujeros gusano. Sucede hace 9 años, cuando (casi) nadie vio que la cuenta atrás para la detonación del explosivo que iba a hacer saltar por los aires la economía mundial estaba a punto de comenzar su minuto final. Cuando entre los que omitieron, los que mintieron, los que fueron complicando los productos financieros para que nadie entendiera que estaba comprando, los que ignoraron las señales de peligro, los que falsearon la información, y un largo etcétera, activaron la bomba. La película recoge todos los fallos (del sistema, de regulación, de escrúpulos), y les pone cara. Primer punto para la película: Ese sistema, esos mercados, no son entes misteriosos, sino que son personas tomando decisiones que nos afectan a todos. La película recalca este hecho cada vez que dispone de la ocasión.

Segundo acierto: Plantear la película buscando la complicidad del espectador. Desde el principio nos dejan claro que no debemos tratar de entender los tecnicismos,  los detalles, sino que debemos quedarnos con el conjunto. Y cuando la historia requiere hacer hincapié en algún concepto, este es introducido en pequeñas píldoras, proporcionadas por famosos (chef, actrices…). En ese instante, la película apela a esa frase que hemos oído tantas veces de “debe ser verdad, lo ha dicho fulanito en la tele”. De esa forma tan sencilla, la película desvía una sutil y acusadora mirada hacia el espectador. En esos breves momentos, no nos están culpando de la crisis, pero nos están señalando como el aceite que engrasó la maquinaria de codicia.

Tercer acierto: El montaje. La película avanza a buen ritmo, entre cambios de tempo muy medidos y movimientos de cámara bruscos en algunos momentos, detallista en otros. De esta manera, nos acercan a los personajes como si de una especie de documental se tratara. Al margen de las píldoras ya comentadas, hay momentos en los que los personajes se dirigen al espectador mirando a cámara directamente, insistiendo en incluir al espectador en sus tomas de decisiones. Por otro lado, estamos ante una película en la que el montaje prima sobre la fotografía, pero en la que esta es cómplice del guion. Sea como sea, la potencia de los primeros planos, constantes a lo largo del film, marcan esa sensación de cercanía, o de claustrofobia que requiere cada escena.

En el reparto descansa el cuarto acierto de la película. A Ryan Gosling hacía tiempo que no le veíamos tan enchufado en un papel (al menos en uno que requiera un mínimo de gesticulación); en cuanto a Christian Bale, transmite poco, pero borda a ese doctor en medicina, reciclado como gestor de fondos, con un trastorno de Asperger de manual. Pero, pelucas aparte, es Steve Carell quien, una vez más, consigue sobresalir por encima de todos. Con una fuerte carga dramática, que alterna con escenas de honesta brutalidad, su personaje requiere cierto exceso, y Carell lo aporta sin caer en el histrionismo fatuo. También su personaje es el que más matices tiene, pero el actor los define todos con una solvencia que desarma.

Podría achacarse a la película cierto estrés en algunos momentos, un ritmo demasiado rápido para la cantidad de información que el espectador ha de tratar de digerir. Pero es un pecado mínimo para una película que convierte en comedia algo que no tuvo ninguna gracia.

IMMACULADA PILAR COLOM.-

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