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THE FRENCH DISPATCH, EL CAPRICHO FRANCÉS DE WES ANDERSON
octubre 22, 2021 Gran Publico

The French Dispatch es la última película del cineasta norteamericano Wes Anderson. El tejano menos tejano del cine vuelve a presentarnos una historia coral que, como es costumbre en su cine, puede parecernos algo superficial pero que lleva implícito un juicio más profundo de aquello que nos quiere contar aunque, siendo fiel así mismo, desde la fina ironía.

No os esperéis un Gran Hotel Budapest ni un The Royal Tenenbaums, porque, a pesar de ser una cinta muy Anderson en todos los sentidos, también es muy diferente. The French Dispacht es la historia del último número del magazine ficticio The French Dispatch of the Liberty, con sede en una ciudad francesa, también ficticia, de la revista americana Kansas Evening Sun, que, por supuesto, también es ficticia.

Es un homenaje al periodismo y al The New Yorker al que tanto admira Anderson, de hecho, dos de las historias que desarrolla la cinta están inspiradas en ambos reportajes reales publicados en esta revista.

La estructura de la película es, en sí misma, la estructura de una publicación escrita y ,por supuesto, Anderson utiliza ese narrador ,ya tan típico en sus propuestas, que nos sirve de guía en cada una de las historias que nos plantea y que, en esta ocasión, son las voces de los periodistas las que nos las narran, dándole así una percepción más realista dentro de la irrealidad del universo Anderson. Al sentarte en la butaca del cine vas descubriendo que lo que estás viendo es como hojear una revista y estar leyendo sus reportajes. Pero, por supuesto, no iba a ser tan simple. Anderson nos muestra las historias desde las vivencias personales de los reporteros a la hora de estar creando sus secciones semanales.

Podríamos dividir la película en seis partes diferenciadas de las que, como no puede ser de otra forma, los tres reportajes más importantes son los que tienen más peso narrativo.
Pero, desde la pequeña guía turística que nos ofrece el personaje de Owen Wilson hasta la crónica gastronómica de Roebuck Wright (interpretado maravillosamente por Jeffrey Wright e inspirado en el escritor James Baldwin y en el periodista AJ Liebling), The French Dispatch nos muestra de forma delicada la soledad de aquel que se dedica a contar al resto, desde su mirada, lo que ocurre a su alrededor, y lo hace de forma clara pero sin obscenidad, ya que no obvia ni maquilla en ningún momento las imperfecciones humanas, pero las retrata con tal sutileza y grácil ironía que se convierte en un viaje agradable.

Es cierto que según va pasando el minutaje da la sensación de que la película va perdiendo fuerza en sus historias, por lo que, quizás ,si su edición hubiera llevado otro orden, ya que la estructura de la cinta lo hubiera permitido, la experiencia final habría sido más completa y su ritmo más homogéneo en lugar de descendente. Pero hay que dar un valor extra a la complejidad a la que se ha enfrentado Wes Anderson, ya que los diferentes bloques que nos enseñan tienen, dentro de sí, una historia principal de la que derivan otras, por lo que conseguir el empaque que ha conseguido me parece cuanto menos brillante.

Visualmente tenemos todas las referencias típicas del director americano. Cada vez más depuradas. La contraposición de planos fijos exquisitamente milimetrados y la proporcionalidad simétrica de los mismos, con esos paneos rápidos cámara en mano que nos trasladan de un personaje a otro con la intención, habitualmente, de darnos a conocer la reacción de uno de ellos ante una situación determinada, sigue siendo una de sus improntas más característica.

Pero tampoco pueden faltar los travellings que nos muestran, como si de un plano secuencia se tratase pero que no los son, diferentes escenas encadenadas, los zooms que nos acercan y nos alejan de los personajes, los planos generales estancos propios de una postal de fantasía o de una revista de interiorismo, etc, etc.

Wes Anderson más Wes Anderson que nunca, pero con ciertos giros de tuerca donde el tejano ha ido más lejos dando la impresión de que lo que ha realizado lo ha hecho por puro placer personal y le ha salido bien, su capricho francés. Porque visualmente funciona incluso en las transiciones de las escenas a color con las escenas en blanco y negro y estas a las escenas de “animación”, que le dan un plus de preciosismo a la cinta impecable.

Todos sabemos que Wes Anderson tiene una mano privilegiada a la hora de jugar con la paleta de colores. No importa qué color use, aunque está claro que el amarillo y sus análogos son una de sus debilidades, siempre encuentra el equilibrio, incluso en la escena más saturada; en esta ocasión el paso entre los planos a color con los que lo son en blanco y negro y viceversa son una herramienta narrativa más, ya que juega con ellos para mostrarnos ciertos cambios psicológicos, pero también lo hace por el puro placer de hacerlo y jugar con la fotografía, pero encaja, siempre encaja, el espectador lo verá con una fluidez tal que llegará un momento en el que dejará de darse cuenta de esas transiciones, ya que están perfectamente integradas tanto a nivel fotográfico como, sobre todo, en lo que a montaje se refiere.

Las interpretaciones son todo lo que podríamos esperar de los personajes del norteamericano, pero dentro de esta multitud yo destacaría a Adrien Brody, que interpreta al casi detestable y oportunista marchante de arte Julien Cadazio; a Léa Seydoux en su papel de Simone, la impertérrita funcionaria de prisiones que en su peculiar romance con Benicio del Toro (Moses Rosethaler, un artista homicida) le gana la partida interpretativa; Tilda Swinton como JKL Berensen, una excéntrica especialista en arte y periodista en el despacho que por momentos transmite incluso cierto rechazo; Frances McDormand y Timothée Chalamet, ambos protagonistas del segundo de los reportajes, que según van pasando los minutos nos ofrecen un desmontaje de sus aparentes personalidades para darnos unos personajes que al menos a mí me han enternecido mucho, y por último Jeffrey Wright que interpreta a un periodista gastronómico con ínfulas de intelectual que se ve envuelto en una rocambolesca trama policiaca.

Quizás para los amantes del Wes Anderson más puro The French Dispacht se les ha podido quedar corta y aquellos que no conecten con él de forma habitual tampoco lo hagan en esta ocasión, pero si lo que el director pretendía era homenajear a la profesión periodística lo ha conseguido desde una perspectiva alejada de Hollywood, como es habitual en él a pesar de su elenco de estrellas, con lo que consigue a mi juicio tres estrellas y media bien merecidas pero que quizás podía haber sido algo más grande porque la idea en sí es brillante.

VANESA LORENZO VIVAS.-

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