REGRESIÓN: LAS OBSESIONES Y LAS TRAMPAS

 

Alejandro Amenábar dio el pistoletazo de salida a la 63ª edición del Festival de San Sebastián con la presentación de su nuevo thriller, Regresión. A este film va dedicado nuestra primera crónica de la Sección Oficial del #63SSIFF.

A estas alturas, a ningún cinéfilo habría que presentarle a Alejandro Amenábar. Y tampoco debería ser necesario enumerar sus méritos cinematográficos. Pero estos, como una especie de contador que se pone a cero, han de ser examinados en cada película. El examen, esta vez, nos deja con asignaturas aprobadas holgadamente, algunas por los pelos, y otras que necesitan mejorar. En conjunto, una película irregular, con trazas y posos de buen cine que no acaban de cuajar.

La trama, que muchos han calificado de tramposa, funciona bien: Basada en tres líneas argumentales: La religión con su efecto narcotizante sobre nuestra percepción de la realidad; la influencia de los medios de comunicación; y las obsesiones, las de los personajes son las del cineasta. Las sectas satánicas, lo que les rodea, el pánico que van generando (tanto directamente, como por su efecto “gancho” en la prensa), todo ello da lugar a tramas según los efectos que experimentan los personajes a la sobreexposición informativa, y a las creencias con las que se enfrentan a ellas.

Como ya hiciera en Ágora, Amenábar incide en los problemas que genera una fe mal entendida, pésimamente interpretada y peor ejecutada. Pero, en esta ocasión, le da otra vuelta y se asoma al uso manipulador que de las creencias y de la culpa pueden hacer ciertas personas. La necesidad de purgar pecados y faltas, unido al miedo al Diablo. En resumen, todo un cóctel explosivo que Amenábar utiliza con ritmo y acierto.

En cuanto a la influencia de los medios en la opinión general, queda en un segundo plano, bajo capas de sectas, ritos y demás. Pero está ahí, y nos devuelve al debate de cómo la aparición continuada de ciertos temas pueden llevar a histerias colectivas y a sus feas consecuencias. Las obsesiones están claras: El enfrentamiento del bien y el mal, que conduce a personajes obcecados en su propia interpretación de los hechos y que, en última instancia, refleja los miedos del propio espectador (todos tenemos algún miedo, y Amenábar nos dar una amplia baraja de la que poder elegir).

Así, el guión es, posiblemente, la gran baza de la película. En el reparto encontramos interpretaciones desiguales: Bien Ethan Hawke, convincente en un personaje ya visto, pero al que le da las dosis de suficiencia y obsesión necesarias. Suyos son los ojos a través de los cuales vemos la película. En cuanto a Emma Watson, es una interpretación que transmite superficialidad, más pendiente del gesto que del sentimiento que hay detrás del mismo. Y David Thewlis queda como profesor universal: Licántropo en una escuela de magia, tribunal de tesis de Stephen Hawkins y ahora profesor de psicología. Solvente, como siempre, sus escenas con Hawkes son las más interesantes del film.

El tridente lo completa la dirección de Amenábar.  En esta ocasión, su ejercicio es irregular: Realiza un uso excesivo de la música en algunos momentos, y algunos “trucos” pueden resultar evidentes. En realidad, y aunque nos duela, el director no queda a la altura del guionista. En cierto punto, ambos se han ido diluyendo y no queda claro quien ha sido más sacrificado. Al final, queda un regusto de producto impersonal y, aunque no le suspendemos, somos conscientes de haberle subido la nota al alumno que tan buenos trabajos nos ha dado y del que esperamos que solo esté pasando por un bache.

IMMACULADA PILAR COLOM.-

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