MULA: VUELVE CLINT EASTWOOD

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Si hay alguien que se emociona viendo a Clint Eastwood tanto detrás como delante de las cámaras es quién escribe estas líneas. Desde que mi padre me “contagiara” su amor por las películas de Eastwood, desde la mítica trilogías de Harry El Sucio o los spaghetti western de de la trilogía del Dólar, que vi cuándo no tenía aún edad para verlas en televisión, años más tarde fui yo misma quién acogió cada estreno del bueno de Clint como un acontecimiento casi religioso, una cita obligada para ir a disfrutar al cine. No en vano, Sin perdón, Medianoche en el jardín del bien y del mal, Mystic River y las tres con las que más me he conmovido en una sala de cine: Los puentes de Madison, Million Dollar Baby y Gran Torino, son mis preferidas de la extensa filmografía del ya octogenario Eastwood. Un actor/director que se ha convertido en una leyenda viva del cine, en todo un clásico. Por ello, quizás Mula era, sin exagerar, una de mis películas más esperadas en este 2019.

La trama está basada en la historia real de Leo Sharp, veterano de la guerra de Corea que, con 90 años, fue contratado por el cartel mexicano de Sinaloa y comenzó a hacer de “mula”, transportando en cada viaje grandes cantidades de cocaína, a la par que despistaba a la policía.

Clint Eastwood ha querido ir más allá de este personaje y de su increíble periplo y, aunque es cierto que la historia tiene tintes de las historias de narcos, no es el thriller ni la acción lo que prevalece sino el drama familiar. Es decir, en primer plano está el arrepentimiento y la redención de Earl Stone, aficionado a la horticultura, cargado de deudas y que decide aceptar el trabajo de “mula” para el cartel de Sinaloa. Un sentimiento de culpa propiciado tras muchos años de estar ausente en la vida de su hija y de su ex-mujer y que le hace reflexionar y darse cuenta de que la familia siempre ha de estar en primer lugar por encima del trabajo o de los hobbies que uno pueda tener.

El personaje de Clint Eastwood acaba siendo el que más empatía despierta en el espectador, incluso se permite algunas licencias cómicas en sus idas y venidas como traficante de drogas, que resultan tan simpáticas como entrañables. Además, se permite algunas acertadas críticas sobre el uso y la adicción a los móviles en las nuevas generaciones, cuándo él apenas sabe escribir un sms. Aún así, y aunque hay conversaciones privadas que valen su peso en oro, como las que mantiene con el personaje de Bradley Cooper, que interpreta a un agente de la DEA y con la muy sensible Diane Wiest, su ex-mujer, hay momentos en que la película se vuelve algo repetitiva y no lo suficientemente emotiva. O, al menos, no en el sentido de Gran Torino, por ejemplo.

La puesta en escena vuelve a ser clásica y sin artificios, no necesita ni grandes secuencias de acción ni efectos especiales para hacer llegar el mensaje de anteponer a la familia por delante de cualquier otra parcela de vida.

Es cierto que me ha gustado ver, una vez más a Clint Eastwood en la gran pantalla, pero mis expectativas eran superiores a la impresión final que me ha producido esta película que, para mí, no estaría entre las obras mayores citadas al principio. E incluso me sabría un poco mal que ésta fuera su película testamentaria.

SONIA BARROSO.-

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