LA SOLEDAD DEL FUNCIONARIO

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John May es la viva imagen de la soledad. Un funcionario gris que vive anclado en la rutina de su trabajo, que no sólo supone una profesión para pagar facturas sino que es, simplemente, el único sentido de su existencia. No en vano, su labor administrativa cumple la poco agradecida pero noble función de buscar los parientes mas cercanos de los difuntos anónimos y solitarios como él. Un May que está encarnado por un actor británico con una interpretación de “pincel fino” al servicio del film: Eddie Marsan. El actor al que hemos podido ver en El Secreto de Vera Drake, en la duología de Sherlock Holmes, de Guy Ritchie; o en la reciente Filth en nuestras salas, borda un personaje a medida con el cuál el actor ejerce en modo clown triste y hermético.
 
Lástima que bajo mi prisma, Nunca es demasiado tarde no esté a la altura del protagonista. Si bien es cierto que Uberto Pasolini recupera el cine clásico british de los años 40, el resultado se queda en un ejercicio contemplativo donde el contexto se subraya a través de silencios pero apenas se desarrolla en su metraje. Dicho de otro modo, el film avanza a paso de tortuga y aparte de cierta elegancia en el tono y en su actor pocos alicientes más encuentro en su hora y media escasa.
 
Si es verdad que el segmento final la cinta tiene preparado algún giro importante, pero no os negaré que a mí, personalmente, no me han convencido dichas conclusiones del libreto. No obstante, el trabajo de su protagonista es la mejor baza de un film que realiza una reflexión a través de una dramedia extraña y casi marciana, que bien puede convencer a los amantes del cine de autor con flema británica.
 
JOAN BOTER ARJONA.-

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