LA GRAN HISTORIA DE AMOR DE JESSE Y CELINE

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Antes del anochecer (Before Midnight) es el brillante cierre de la trilogía romántica de Richard Linklater que comenzó en 1994 con Antes del amanecer (Before Sunrise) y que continuó 10 años después con Antes del atardecer (Before Sunset). Estas películas han supuesto, para muchos de nosotros, un crecimiento emocional y generacional, que hemos vivido parejos a los protagonistas, es decir, nos hemos enamorado por primera vez cuando dos estudiantes, el norteamericano Jesse y la francesa Celine, se encontraron en un tren y decidieron pasar juntos una hermosa velada nocturna en Viena, empujados por el arrojo y los efluvios románticos de la juventud. Luego hemos conectado con su situación 10 años después, cuando Jesse ya es escritor y se dispone a presentar un libro en París, pero cuál será su sorpresa al encontrarse “casualmente” con aquel primer anhelo amoroso de juventud, una Celine también más madura.

Jesse y Celine, una relación amorosa a lo largo del tiempo.

Estas películas se basaban en inspirados encuentros y chispeantes conversaciones sobre la naturaleza del amor, de la juventud o la madurez, en definitiva, de las inquietudes vitales de un chico y una chica que se van reencontrando con el paso del tiempo enriquecidos por sus experiencias vitales. 

9 años después, y tras los puntos suspensivos del final (de nuevo) del segundo encuentro nos hayamos con los dos protagonistas Jesse y Celine de vacaciones en Grecia, concretamente en Messina (sur del Peloponeso) junto a sus dos preciosas hijas gemelas. En esta ocasión, los encuentros se producen con otros personajes, que les abren su casa y su corazón: un divertido matrimonio de griegos de cuarentaintantos, dos jóvenes veinteañeros enamorados desde hace un año, un lúcido anfitrión de la tercera edad y su entrañable amiga viuda. Las interactuaciones con el resto de personajes, especialmente durante el trascurso de una comida, hacen que descubramos otros puntos de vista y diferentes perspectivas sobre el significado de la vida en pareja, el enamoramiento, la pérdida e incluso las nuevas formas de amor (virtual) o sobre las diferencias (¿salvables o irrenconciliables?) entre sexos. 

Después, la película vuelve a centrarse en ellos dos, en Jesse y Celine, que repasan de nuevo su relación, en un delicioso paseo al atardecer hasta llegar a un hotel, regalo que les han obsequiado sus amigos griegos para que tengan una velada amorosa sin niñas. Allí volvemos a sentir una celebración de la diversión, la magia y el cosquilleo de aquel primer amor y de sus diferentes etapas ya vividas con gozo e intensidad. La complicidad entre los actores, Ethan Hawke y Julie Delpy es primordial para que esta historia siga funcionando y nos continuen cautivando, sorprendiendo y emocionando como lo hicieron en aquel primer viaje en tren. 

No obstante, en esta trama y entre las paredes del hotel, se desata todo un infierno de reproches en el que ambos ponen sobre la mesa sus preocupaciones acerca de la paternidad, la responsabilidad, el peso de la vida conyugal y el sacrificio que implica ser padres, esposos, amantes y amigos. Con algunas de las líneas de diálogo más lúcidas, trascendentes y realistas que hemos escuchado en el reciente cine contemporáneo, el film abraza a Éric Rohmer y a Roberto Rossellini y se acerca al cine de autor europeo más clásico y a la vez vanguardista.

El final, que no desvelaremos, no desmerece a ninguna de las dos películas precedentes y puesto que se nos anuncia como el cierre de la trilogía, no podemos sentir otras cosa que desamparo y pérdida, a la vez que alegría por este nuevo acercamiento a esta historia de amor tan grande y tan real como la vida misma. Y como escribir algo más sobre la película es traicionar un poco su verdadera esencia, aquí nos despedimos, no sin antes un último anhelo: ¡Cómo desearíamos verlos envejecer juntos en la pantalla!

SONIA BARROSO.-

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