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LA FAMILIARIDAD DE LO ABOMINABLE
noviembre 20, 2015 Cine de Autor

 

Cuando los títulos de crédito finales de El clan acaban, es muy posible que el espectador siga sentado, clavado, en su butaca. Pensando que lo que acaba de ver no es real, no puede serlo. Horas más tarde, resulta aún más posible que dicho espectador no sea capaz de quitarse ese regusto amargo, esa sensación pegajosa e incómoda que resulta de asistir a un espectáculo grotesco, a una sucesión de secuestros, maltrato y maldad.

Un crimen organizado, realizado y consentido por una familia. Pero antes de que eso suceda, antes de que el espectador deba asumir que la pesadilla hecha ficción por Pablo Trapero es un fiel reflejo de la realidad, antes de que la mirada de Guillermo Francella le persiga y reviva dicha pesadilla, habrá asistido a 110 minutos de buen cine.

 

La segunda acepción de “clan” en el diccionario de la RAE es “grupo predominantemente familiar unido por fuertes vínculos y con tendencia exclusivista.”. Los Puccio son una familia unida, un matrimonio sólido con cinco hijos, de los que únicamente Daniel no vive en la casa familiar. Un patriarca, Arquímedes, a quien le sobra tanto odio que lo va vertiendo en sus vástagos. Personaje con tendencia exclusivista, que acaba por creerse por encima de toda ley y gobernante. En torno a él, encarnado por Francella, se cimienta la película. Porque El Clan no es una crónica negra sobre raptos, extorsión y asesinatos.

La película de Trapero es una crónica familiar, pero una crónica que orbita alrededor del horror. Es un retrato de cada una de las atrocidades de la que es capaz Arquímedes, de su fría planificación, del control férreo que trata de imponer sobre sus hijos, a quienes utiliza de cebo, tapadera y coartada.

 

Tanto es así, que resulta desagradable el contrapunto entre las escenas de cenas familiares en las que la cordialidad y los exquisitos modales no logran acallar las voces de aquellos que, encerrados en el sótano, viven privados de su libertad y con la incertidumbre sobre cuál será el desenlace de su historia. Esa incomodidad es fruto no solo de la monstruosidad de su protagonista, sino de la normalidad con la que se integra en el día a día. Y como todo, por muy atroz que resulte, está entremezclado con lo cotidiano, el director no se para a diseccionarlo, y lleva al espectador a vivir el relato a todo ritmo, con una selección musical en la que el rock marca el tempo, y ayuda a incrementar la sensación de que no hay tregua, que no hay tiempo para tomarnos un respiro. Precisamente ese planteamiento, hace que estemos ante una película inteligente, que juega bien sus bazas, buscando impresionar con la historia que cuenta, huyendo de efectismos. Eso es lo que hace que la película funcione, y de que lo haga más allá de la proyección.

 

Y si el director marca un ritmo rápido, que no acelerado, la presencia de Francella, tan alejado de esos personajes amables por los que es más conocido, resulta el contrapunto que lo centra todo. Su mirada, su voz, su hablar pausado…Todo está medido para infectar de ese miedo que define a su personaje y, al mismo tiempo, resultar natural. El actor evita tanto el exceso de gestos (algo que dinamitaría a su personaje), como su defecto. Sin excusas y sin desapego, Francella compone su personaje desde el equilibrio y la crueldad, y resulta aterrador. Peter Lanzani, quien da vida a Alejandro Puccio, también realiza un buen trabajo y resulta muy creíble el continuo conflicto en el que vive inmerso, debatiéndose entre la fidelidad, mal entendida, a su padre y la repulsa que le inspiran sus actos. El resto del reparto, con personajes más secundarios, también logra un buen nivel.

 

Si algo hay que reprocharle a la película es el hecho que, aún con todos los ingredientes ya comentados, parece perder un poco de ritmo durante la segunda mitad, o de intensidad, restándole garra al desenlace. Sea como sea, en ningún caso la historia dejará indiferente al público.

 

IMMACULADA PILAR COLOM.-

 

 

 

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