EL AMOR FAMILIAR

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Cuando se asiste al pase de una película en un Festival, siempre cabe la posibilidad que su huella se diluya entre otras películas, carreras por llegar a los pases y demás. Sin embargo, cuando al echar la vista atrás, algunas de ellas, pocas, te siguen encogiendo el corazón o te evocan las mismas sensaciones que en aquel primer pase, es que realmente dejaron un poso que va más allá del mero visionado. La emoción que provoca el de De tal padre, tal hijo tiene varios ingredientes, y de todos ellas salen argumentos a favor de una película en la que ni falta, ni sobra nada. 

Por un lado, estamos ante un cuento universal, trasladable a cualquier lugar del mundo y a cualquier cultura: las relaciones padres/hijos, y el establecimiento de vínculos que trascienden el mero “sangre de mi sangre”. El drama al que se enfrentan las familias protagonistas nos plantea un dilema que va más allá de lo moral y apela a lo sentimental de una manera que el espectador se siente irremediablemente identificado con ambas familias. Porque el conflicto que lleva implícito la película, y que pone su punto de mira en las diferencias sociales y culturales, no la lleva en ningún caso a situarse en una posición aleccionadora ni de moralinas, sino que cuando uno tiene la tentación de creer resuelta la disyuntiva a la que se enfrentan estas familias entrelazadas, la película le lleva al otro lado, al otro hogar, y eso hace que su drama nos parezca cercano y comprensible. Al final uno no puede evitar que la emoción le alcance, y compartir en alguna medida lo que esas familiar nos transmiten. 

En cuanto al reparto, siempre se subraya lo difícil que es intentar medir la actuación de los niños, quienes, salvo algunas excepciones, parece que solo han de limitarse a hacer de ellos mismos. Pero en este caso, tanto Keita Ninomiya como Shôgen Hwang logran destacar, y no solo porque son el centro de todo el conflicto, sino porque vemos como se enfrentan al mismo con los recursos que su corta edad les da y salen airosos de la prueba. Junto a ellos, los actores que encarnan a sus padres logran con sus actuaciones trasmitirnos todo aquello a lo que se enfrentan, y aunque en conjunto están a un altísimo nivel, es Masaharu Fukuyama quien tiene el viaje de más recorrido en cuanto a la evolución de su personaje: ese frío y ordenado arquitecto que ve como su vida en forma de puzle que va meticulosamente encajando salta por los aires. 

Otro argumento a favor de la película reside en la propia dirección de Koreeda. No es el japonés un director que juegue a dejar evidentes señas de identidad en sus películas. El suyo es el arte de la sutileza, y nos lleva de la mano durante todo el metraje, resaltando aquello que encierra todo el mensaje de la película. Cuando esta acaba, por un momento, se puede caer en la tentación de pensar que ha sido el propio espectador el que ha captado todos los detalles que la película ofrece, pero a poco que se piense en ella (y es fácil que esto suceda), nos daremos cuenta que Koreeda ha sido quien, sin sobresaltos ni efectismos, nos ha llevado exactamente donde quería. Cuando se trata de sensibilidad, Koreeda nunca traspasa la línea que la separa de lo sensiblero. 

Por todo ello, no se puede dejar de recomendar esta película, con la que nos reencontramos con un cine que nos hace pensar y, por encima de todo, sentir.

IMMACULADA PILAR COLOM.-

 

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