EL TRANSCURRIR DE LA VIDA

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Con el estreno en nuestras salas de Una familia de Tokio (Tokyo kazoku, 2013) del veterano realizador Yoji Yamada que acaba de ganar la Espiga de Oro en la Seminci, rescatamos la obra en que se basa, ya que se trata de un clásico del cine japonés que ha influenciado a cineastas tan ilustres como Wim Wenders. Cuentos de Tokio (Tokyo Monogatari, 1953) es, sin duda alguna, una de las películas más famosas  de Yasujiro Ozu y por eso no es de extrañar que a día de hoy siga dando que hablar. Para celebrar el 60 aniversario la productora Shochiku restauró la película en alta definición y se estrenó mundialmente en la pasada edición de la Berlinale. Además, gracias a la distribuidora Contracorriente Films, la versión remasterizada ha sido editada también en España en DVD y en Blu-ray, así que, está claro que hay motivos de sobra para que volvamos a analizar la obra maestra que nos legó Ozu. 

Antes que nada quiero decir que no quiero entretenerme con el argumento, por todos ya conocido, ya que, me parece que lo relevante es destacar las características esenciales del cine de Ozu. Cuentos de Tokio es una sencilla y agradable historia que trata sobre la vida. Es un cine de corte clásico, puesto que, nada más empezar nos presentan a los protagonistas de esta entrañable pero a la vez triste historia y, desde el principio queda claro el objetivo que persiguen los ancianos, que no es otro que visitar a los hijos que viven en Tokio, lejos de su casa en Onomichi (que está situada en la prefectura de Hiroshima). Este es el argumento inicial que nos plantea Ozu para hablar de los temas que le interesaban, que son la familia y el paso del tiempo. Y como no podía ser de otra manera, los acontecimientos se suceden respetando la cronología, ya que, el tiempo avanza inexorablemente dejando atrás el pasado que nunca más volverá. Ese es el gran tema de las películas de Ozu, el paso del tiempo y las consecuencias que tiene en la gente que amamos. El pasado desaparece poco a poco sin que nos demos ni cuenta. El tiempo acaba cambiándolo todo a nuestro alrededor y por ello, hay que aceptar las cosas como son, aunque no nos guste.

Algunos han querido ver en la obra de Ozu la contraposición entre tradición y modernidad, lo japonés y lo occidental, pero sería un grave error si juzgáramos de esa manera tan simplista la fructífera filmografía que construyó a lo largo de toda su vida. Ozu nos habla de lo trascendente, de la misma condición humana y cómo el tiempo hace mella en la vida de cada uno de nosotros. No se entretiene con cosas banales y pasajeras, quiere mostrar la vida tal y como es. Por ello, el ritmo de las acciones es lenta y pausada, ya que se toma su tiempo para recrear cada una de las situaciones que nos quiere presentar y lo hace, además, con mucha delicadeza. Está claro que a muchos de los jóvenes que han crecido viendo los blockbusters de Hollywood les causará una gran decepción por la lentitud que hace gala su cine, y está claro que Cuentos de Tokio no es una excepción, pero hay que tener en cuenta que los tiempos cambian, y que el cine ha cambiado mucho desde sus inicios.

Además, Ozu era considerado el más japonés de los cineastas nipones y, por ello, su estilo es tremendamente sencillo, pero a la vez muy profundo. Ozu era fiel seguidor de la filosofía zen, por lo cual la sencillez era considerada una gran virtud. Podría prescindir de todo lo que no era importante (cuando decidía dónde poner la cámara, ahí se quedaba) y por ello, no le interesaba adquirir nuevos dispositivos ni adoptar nuevas técnicas de filmar, puesto que, su máxima era que menos significaba más. Con los años fue desechando todo lo que no le interesaba porque, al fin y al cabo, no dejaban de ser adornos vacuos y, por lo tanto, eran totalmente prescindibles, ya que para él, lo relevante era mostrar la vida en todo su esplendor, es decir, reflejó las miserias y alegrías de toda una vida. Pero siempre lo hacía con lentitud y suma delicadeza. En su cine no hay sitio para sobresaltos y sorpresas que puedan impactar al espectador sobremanera, los acontecimientos avanzan irremediablemente hasta llegar al final. Y como en la vida como en el cine los acontecimientos se suceden con total naturalidad, los bautizos suceden a los funerales, y viceversa. Es ley de vida. 

Por lo tanto, siguiendo la filosofía zen, Ozu piensa que hay que aceptar lo inevitable, aunque no nos guste demasiado. Por ello, los ancianos no tienen otro remedio que aceptar la situación actual y deben aceptarlo cuanto antes para que así no sufran en vano. Los hijos ahora que son mayores tienen otras preocupaciones, y ya tienen suficiente trabajo con sacar adelante a sus respectivas familias. Los ancianos deben aceptar que ya no son lo más importante en la vida de sus hijos y deben aceptarlo con total naturalidad. El ego de cada uno de nosotros no hace más que entorpecer el transcurrir de la vida. 

La filosofía de Ozu se resume en la última escena donde el anciano le aconseja a su nuera Noriko que se case de nuevo, puesto que el tiempo avanza y el pasado nunca volverá. Hay que aceptar las cosas tal y como vienen, no hay otra. Debemos aprender a respetar la vida, aunque muchas veces nos duela. 

BEÑAT EIZAGIRRE INDO.-

 

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