EL TERROR SEGÚN ISABEL COIXET

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Entre los cinéfilos, Isabel Coixet despierta sentimientos encontrados: unos adoran su preciosismo y su personal narrativa; mientras otros odian su cine por las mismas razones. Con una filmografía algo irregular, sobre todo en sus últimos proyectos, ante cada estreno de la directora hay cierta necesidad de justificar nuestra posición crítica ante sus anteriores películas, como si eso justificara que el estreno de turno nos gustara más o menos.

Dicho todo esto, me confieso entre las que no se pierde una película de Coixet y suele disfrutar, o disfrutaba, de sus películas. Así que, partiendo del bando de los “pro”, aún es más decepcionante encontrarse con un film como Mi otro yo. Todo en ella funciona de forma individual: el reparto, la historia, la fotografía, la elección musical… Buen nivel en todos los casos, pero al acabar la cinta queda el regusto de que nos han dado menos de lo prometido.

En cuestión de reparto, su protagonista, Sophie Turner, asume el riesgo del papel de adolescente “perturbada” y responde con una buena interpretación, sin que le quede grande llevar el peso de la película. En el plantel de secundarios que la rodea, y en el que nadie desentona, destacar a Rhys Ifans, contenido y emocional como padre de la protagonista.
En el aspecto técnico, la cuidada fotografía de Jean-Claude Larrieu vuelve a ser uno de los aspectos más destacables de la película, en un nivel de excelencia propio de las películas de la directora catalana. Aquí, jugando con las sombras y la oscuridad, los lugares más familiares (la habitación de la protagonista, los pasillos de su instituto, el camino que la lleva desde el centro a casa) se convierten en terreno peligroso, agobiante. Resulta ciertamente perturbador ver como se convierten los escenarios más acogedores o familiares en parajes en los que se desarrolla una pesadilla, y el espectador se ve arrastrado por esa oscuridad.
Pero con todo ello, le película está permeada de cierta sensación de contención, de no querer explorar aún más los caminos que la historia le proporcionaba, de no entrar en vericuetos aún más oscuros, y por todo ello hay cierta sensación de material desaprovechado, de que alguno de los flashes en los que se nos presenta el tormento por el pasa la protagonista se podrían haber desarrollado en escenas completas, sin que la película, que no alcanza los 90 minutos, se hubiera resentido por ello.
Se resiente, en este caso, el espectador.

IMMACULADA PILAR COLOM.-

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