EL PLAN OCULTO DE CALPARSORO

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ACIEN

Es una mañana lluviosa, unos asaltantes enmascarados irrumpen en la sede central de un banco valenciano. Aparentemente es sólo dinero y joyas lo que buscan, aunque hay algo más de valor en una de las cajas fuertes, algo que puede afectar a gente poderosa.

Éste es el planteamiento inicial de la última cinta de Daniel Calparsoro que con esta Cien años de perdón se adentra en el subgénero de los films de atracos. Este subgénero se compone normalmente de unas premisas muy sencillas: Los ladrones, equipo negociador, los rehenes y el banco (como lugar del saqueo o fortín donde atrincherarse con los rehenes). Esta simpleza en su planteamiento, que gracias a un recurso de guión o macguffin (en este caso un disco duro con información suficiente para hundir a unos cuantos peces gordos), seguido de pequeños guiños a la situación política nacional -Valencia, discos duros, tramas para ocultar información… se puede escuchar hasta un “la jefa” en algún momento- consigue despertar nuestro interés.

Es en el momento en el que enseña sus cartas en el que nos dan herramientas para  empatizar con una historia y unos personajes que se muestran vulnerables y creíbles. En contraposición a otros: policía, CNI y políticos que representan una realidad distinta con actuaciones frías y deshumanizadas. Nos hace recapacitar sobre temas fundamentales, como la moral y el poder o de la delgada línea que separa el bien y el mal.
Por otro lado, el apartado técnico y la realización no son muy destacables. El montaje, la iluminación, la puesta en escena, música, incluso las actuaciones son simplemente correctas debido a que, en momentos donde la historia lo requiere, desaprovecha grandes oportunidades para transcender y dar profundidad a la cinta. Eso añadido a algunos momentos cómicos – en su mayoría protagonizados por Joaquín Furriel- que aunque divertidos, destruyen el tono de tensión que la cinta demanda.

En Cien años de perdón se echa en falta algo nuevo, algo rompedor o, al menos, momentos mejor resueltos por parte de su director que, más allá de su contexto social y político, lleven la película a algo más que un simple entretenimiento. En su conservadurismo radica el principal de sus defectos.

CHEMA MARTÍN.-

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