EL NIÑO QUE NO LLEVAMOS DENTRO

Este año, el Festival de Sitges homenajea a una de las grandes del género del terror y suspense, La Semilla Del Diablo, de Roman Polanski.

Homenajear una película de tales magnitudes, no difiere mucho de decir que es un clásico, una joya y un mito del séptimo arte. Sin profundizar demasiado, a esta película se le pueden atribuir muchos adjetivos buenos, y de su argumento se puede decir que en su día fue muy punzante. 

Por aquel entonces, el espectador medio no estaba demasiado acostumbrado a ver películas de tendencias tan definidas (recordemos que se trata de un film de finales de la década de los 60), y si alguien estaba interesado en el género, podía contemplar pocas alternativas en la oferta que había por entonces. Evidentemente, existía el maravilloso Alfred Hitchcock, que brindaba minutos y minutos de tensión y sufrimiento. Pero debe tenerse en cuenta que otras películas ya más explícitas como El Exorcista, no se estrenarían hasta entrados en la década de los 70.

Pues bien, el espectador encontró en Rosemary’s Baby (título original del film), una trama angustiosa, en la que ya en la primera media hora se empezaba a vislumbrar la oscuridad y retorcimiento del asunto. Esta película, trata de forma bastante simple inicialmente, como una mujer empieza a sospechar que algo no funciona bien con su embarazo. Comienza a sentirse mal y no puede dejar de pensar en un sueño que la ha perturbado, en la que un ser demoníaco abusa de ella. Mediante el recurso bastante novedoso del flashback en pocos fotogramas, intuiremos imágenes de la supuesta violación nocturna, y nos iremos adentrando en su angustia y locura.

Tras presentar este planteamiento, Polanski gira entorno al efecto de hacer dudar al espectador con cuál será la verdad, si la protagonista (Mia Farrow) está loca, o si sus sospechas son fundadas. Y todo, para llegar a un final quizás predecible (insisto en recordar que se trata de una película de finales de los 60, y que muchos métodos de narrativa fílmica y trucos argumentales, estaban aún por descubrir y explotar), en el que la protagonista descubrirá la gran verdad.

Y como todas las películas que yo considero mitos, o incunables, o perlas del séptimo arte, tiene un halo a su alrededor que le da todavía un poco más de morbo.

Por ejemplo, el edificio donde está rodada, es el edificio Dakota de New York. En este edificio es donde posteriormente vivió John Lennon, y donde, doce años después del estreno del film, encontró la muerte a manos de un asesino que le disparó un tiiro en las puertas de su casa.

Y si volvemos un poco más atrás, también cabe señalar que Polanski, un año después de estrenar la película, viviría uno de sus momentos más duros de su vida (si no el que más, a parte de la acusación de violación), cuando en 1969, los séquitos de Charles Manson (fundador de la secta “La Familia”), entraron en su casa y asesinaron a su mujer y todos los invitados que se encontraban en ella en ese momento. Además, la esposa de Polanski, Sharon Tate, estaba en ese momento embarazada de ocho meses. Terrorífico.

La Semilla del Diablo tiene además otras curiosidades destacables. Polanski, en un intento de dar credibilidad a una escena, indicó a Mia Farrow que debería cruzar la calle en pleno centro de New York, en medio de todo el tráfico. Claro, la actriz iba caracterizada con la barriga de embarazada y Polanski, en un arrebato de genialidad, le dijo que “nadie va a golpear a una mujer embarazada”. Así, la escena en la que la protagonista aparece confundida y desesperada en plena calzada con los coches a su alrededor; fue filmada con solamente Polanski y el operador de cámara a su lado.

Más allá de las conclusiones que se pudieron sacar después, de que si era una crítica a las sectas satánicas que había en la época, de que si la película le pasó factura a posteriori con todo el asunto de Charles Manson, de que si Mia Farrow enfermó realmente con la angustia del papel, etc. nos queda una deliciosa obra de arte que cualquier amante del cine, del terror -y el suspense en especial-, no debería dejar de ver bajo ninguna circunstancia.

JOSEP DÍAZ RIBAS-

 

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