EL EXORCISMO: CREYENTE: ARRANCARSE LOS OJOS

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Cuándo una película decide hacer una actualización o comenzar una nueva trilogía, convenientemente adaptada a la época que le ha tocado vivir, todo espectador o cinéfilo se espera que; al tomar el nombre de una película original que está en el imaginario colectivo, o bien se ha convertido en un clásico o referente del género sea; como mínimo, sea respetuoso con el material de partida. Ya sabemos que las comparaciones son odiosas, que nunca deben hacerse, aunque, algunas veces, sea inevitable pensar en el material o la película de la que parte. David Gordon Green fue el encargado, allá en 2018, de continuar y modernizar la saga de Halloween, con Jamie Lee Curtis de nuevo al frente. La nueva trilogía, deudora de las de John Carpenter, La noche de Halloween, Halloween Kills y Halloween Ends era una puesta al día tan eficaz, como entretenida y resultona,

En este caso, David Gordon Green se pone al frente de otra saga de terror clásica, la de El Exorcista, cuya película original de 1973 es una referencia para todas las películas de posesiones demoníacas y exorcismos posteriores, hechas con mayor o menor fortuna, tanto en EEUU como en Asia. El Exorcista; Creyente es el primer eslabón de una nueva trilogía, en este caso, se sitúa la trama 50 después de los hechos de la original, con unas nuevas familias que se tendrán que enfrentar a la desaparición misteriosa de sus hijas preadolescentes. Y, será a partir de su reaparición, cuando nada volverá a ser como antes.

La primera parte de la película es una aburrida, una llana sucesión de premoniciones y de hechos que tienen que suceder y que se dan en cuentagotas, salpicados por algún pequeño jump scare para salir del tedio. Con la aparición de cierto personaje, al cuál esta nueva película parece rendir un homenaje, parece que se va a animar la función y que podemos meternos dentro de un film mucho más interesante. Aunque solo sea un espejismo. Contadas las escenas de homenaje con cariño y respeto a la original de William Friedkin. En lugar de eso, asistimos a un sinfín de escenas con el propósito de un clímax final, que debería ser tan aterrador como fascinante, aunque se queda a medio camino y en tierra de nadie. No funciona ni como drama familiar ni como thriller sobrenatural. Ni Dios, ni patria ni amo. La religión no es la solución de los problemas. El espectador no sabe ni siquiera, en algunos momentos, si se trata de un ritual para expulsar el demonio, para combatir una magia negra o mal de ojo o para qué posesión exactamente va a servir.

David Gordon Green seguro que se ha aplicado bien y visto unas cuántas películas del subgénero de posesiones, incluso las asiáticas. Aún así, no consigue una escena verdaderamente única, original, memorable o mínimamente aterradora, que saque al espectador de su ostracismo al ver esta cinta. Y el dilema de si sirve más la religión, la psiquiatría, el amor o los lazos familiares para salvar del mal a unas inocentes jovencitas no está suficientemente elaborado desde el guion, que no está tampoco a la altura de las circunstancias.

¿Qué es lo mejor de la película ante tanto despropósito? El rescate de un personaje clave de la original de Friedkin y el homenaje explícito que le hace en una escena, planificada de modo muy similar -en ésta sí sentí el auténtico horror-; así como el brío que le imprime al tramo final -digo brío porque terror no da en ningún instante, excepto una escena suelta que acabo de mencionar de modo genérico para no hacer spoilers-. Así pues, la aparición casi testimonial -y complicidad de Ellen Burstyn en el papel de Chris, -uno de los momentos cumbres de la película-, no compensa del todo y el espectador se queda con ganas de hacer a alguien lo que el director le hace al personaje de Burstyn. Y, todo ello, de la rabia al ver cómo desaprovecha un film de horror poco inspirado, que podría haber jugado mejor sus cartas, también en el apartado interpretativo. Incluso ahí sus actores van con el piloto automático puesto y logran que le importe poco al espectador el destino de cada uno de sus personajes. Una verdadera lástima, ya que los recurso del efectismo, el jump scare y un final, que ni siquiera es lo emotivo que pretendían, no les funciona. Para no arrancarnos los ojos siempre nos quedará El Exorcista (1973). Si ha de servir el film para acercar a las nuevas generaciones o para revisar la original de William Friedkin sea entonces bienvenida El Exorcista: Creyente. Solo en este caso.

SONIA BARROSO.-

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