EL AMOR, EL DOLOR

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Esta semana llega a los cines una de las películas del año. Esa frase tantas veces repetida, es en este caso un derecho que el film de Abdel Kechiche se ha ganado a base de premios (Palma de Oro en Cannes), polémicas y anticipación por parte de los medios y el público. En lo que se refiere a lo que nos importa, la película como tal, no al fenómeno, hay muchas lecturas que hacer, y quizás no se abarque todo lo que significa la cinta en un visionado.  

Hay muchas cosas que hacen de La vida de Adèle una gran película. Entre ellas, destacan las actrices. Hay una idea, más o menos extendida, de que existen pocos personajes femeninos “fuertes”, con entidad, en el cine actual. Pues bien, en esta película tenemos dos. De golpe. Misteriosa y con carácter, Léa Seydoux es la femineidad segura de sí misma, la que conoce sus propios límites tanto como sus deseos; su contrapunto es la dulce Adèle Exarchopoulos, el personaje que se descubre a sí misma a golpes de vida. 

Ambas forman una pareja cuya carnalidad, compenetración y violencia sentimental llega al espectador que, en algunos momentos, se siente parte de algo tan grande que, sin embargo, parece llevar lo trágico de la mano. Para ello es destacable cómo Kechiche nos conduce por la vida de esta adolescente, manteniendo su punto de vista como el eje en torno al que todo gira. Keniche, con un trabajo honesto y directo, también es otro punto a favor de la película, que se basa en una fotografía que nos acerca a la intimidad física y psíquica de los personajes, que equilibra ese juego de voluntades.

Por último, destacar la propia historia que se nos cuenta, con toda la belleza y el dolor que una historia de amor como esta, pasional y en contra de convenciones sociales, ha de tener. Y sobre este punto es para señalar que la película no se acobarde a la hora de mostrar la complejidad, la dureza y el impacto que el amor entre Adèle y Emma tienen sobre ellas. Hay amor y hay lágrimas. Es la cruda realidad hecha cine. Y si el romance es creíble, las escenas más dramáticas son sobresalientes.

Pero aún y con todo ello, hay algo en la película que, de forma intermitente, puede que saque de ella a algún espectador. Quizás en esos momentos en los que Adèle y Emma no centran el interés, en la que se da la palabra a otros personajes, y estos se mezclan en (largas) conversaciones que producen cortes en el ritmo de la película, que hasta ese momento había sido ágil. Quizás se deba a que, en realidad, nos separa de lo que realmente interesa, que es la relación de estas dos mujeres. De la misma manera, hay ciertas escenas reiterativas que hacia el final de la película parecen aumentar el metraje sin aportar nada a lo ya establecido. Todo ello parece enturbiar un poco el film. Al final, pensamos que el sabor de boca que nos deja no es todo lo bueno que durante los primeros 120 minutos podíamos esperar.

IMMACULADA PILAR COLOM.-

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