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Drive my car Cartel
DRIVE MY CAR. EL AMOR Y LOS TRAUMAS DILUIDOS EN EL METRAJE
febrero 4, 2022 Cine de Autor

Lo primero que me viene a la mente cuando reflexiono sobre ésta película es lo que vi en la sala, y no me refiero en la pantalla, hablo del patio de butacas. La mayoría de los que allí estábamos notábamos el peso de los minutos interminables a los que Ryûsuke Hamaguchi nos estaba exponiendo sin piedad y se veía en nuestros rostros. A pesar de comprender la historia que nos está contando desde el primer minuto, a pesar de entender las motivaciones de los personajes, su carácter y su evolución (poquita o ninguna) la explicación en exceso de algunos de sus rasgos y la falta de la misma a la par consiguió que aquello que pretendía ser profundo y trascendental se quedase en un simple ejercicio de vanidad y de la exaltación de la figura del artista hiperintelectual con una sensibilidad especial.

Aburrida, sencillamente aburrida, ideal para que aquellos padres que no quieren que sus hijos sean actores lo consigan llevando a su descendencia al cine.

Yusuke es un actor y director de teatro que comparte su vida con su esposa, Oto, una guionista que tiene una peculiar forma de llegar a la inspiración a la hora de crear sus historias. La desgracia forma parte de la vida del impertérrito Yusuke que llegado a un momento no tiene ya nada más que su trabajo y decide aceptar dirigir la obra de teatro de Chejov, “Tío Vania”, en el festival de teatro de Hiroshima, obra que desde el comienzo de la cinta nuestro protagonista no para de ensayar en su coche. Allí conocerá a Misaki, una joven con un pasado traumático, que le es impuesta como chófer. La confianza entre ambos se irá acrecentando en los trayectos compartidos en el automóvil de Yusuke y encontrarán en el otro a alguien con quien poder desahogarse y liberar sus demonios por así decirlo. A su vez Hamaguchi nos irá presentando una serie de personajes que no llegan a tener la suficiente importancia en la narración a pesar de ser fundamentales en la historia. Y ese es uno de los grandes problemas de esta película, aquellos personajes satélites que parecen estar de relleno porque o bien sus historias en realidad no influyen en nada en el devenir de los acontecimientos y se les da una importancia que no llego a comprender o porque siendo muy importantes se les devalúa a un puñado de escenas reiterativas que no aportan demasiado hasta llegar a su conclusión. Caballero, no somos tontos, ya nos hemos enterado las dos primeras veces que nos lo ha contado, avance, avance o cierre ya este tema, pero no lo estire sin fin porque mi interés irá decreciendo ya que llego a pensar que, si esto no fuera así, la cinta se le habría quedado en poco más de un tercio de que es; y sin duda alguna habría sido un acierto.

Los interminables ensayos de la obra de teatro y la repetición constante de las líneas de Chejov, cuando ya “Tío Vania” no es una obra fácil de digerir, sumados a todo aquello que Hamaguchi nos cuenta hace que Drive my Car se quede en una cinta dirigida a un tipo de espectador muy particular. Importa más la forma que el fondo y el fondo hace muchas aguas. Quizás la obra original de Haruki Murakami sepa entretejer de forma más exitosa todos los hilos que nos ofrece el relato, dándole a los personajes una profundidad real y no impostada, pero Hamaguchi no llega al corazón de ninguno de ellos de forma contundente ya que vistiendo de simplicidad la mayor parte de la diégesis ésta va dando tumbos.
Y no es un problema de ritmo demasiado pausado, que lo tiene, es un problema de la resolución de este ritmo. Una exposición recurrente e incluso machacona durante muchísimos minutos de metraje para llegar a una resolución abrupta, en un chasquido, en una conversación, en una escena de una duración demasiado escueta en comparación a la exposición del argumento que nos llevará a esa conclusión. Es un…¿tanto para esto?

Ya no es el hecho de que nos podemos imaginar lo que está por venir, es que ha llegado con tan poco después de estar preparándonos para ello durante tanto tiempo que es una decepción. Hay historias más simples pero mucho más eficaces.

Cuando Yusuke conoce a aquella que conducirá su coche, Misaki, no puedes evitar pensar con esperanza que la película se irá desprendiendo de las capas de superficialidad vestida de trascendentalidad y que ese mundo del dramaturgo intelectual se irá haciendo añicos para mostrarnos al ser humano y todo lo que no nos ha contado, y aunque en cierto modo lo hace, es desde la distancia y la frialdad más absoluta y solo se le dota de esta humanidad en un puñado de escenas para mí insuficientes. Hubiera sido magnífico que viéramos más detalles, por simples que fueran, que nos mostrasen cómo la relación entre ambos se iba haciendo más estrecha emocionalmente y ver en las interpretaciones algún tipo de complicidad.

Quizás Misaki se nos quiera presentar como el opuesto de Oto; Oto es el atractivo y el morbo, la sexualidad y la creatividad, pero no tiene mucho más. Y a pesar de que la narración de lo que sería la relación entre Oto y Yusuke ocupa un tercio del metraje y que Oto siempre está presente de una forma u otra, esta relación se me queda, otra vez, en la superficie, ya que no ahonda lo suficiente en los problemas o en las circunstancias que se suponen el leitmotiv de los sentimientos de Yusuke para los que nos está preparando durante toda película en una constante sin fin y, como no, que resuelve de un plumazo.

En cuanto a la dirección y el montaje no puedo poner ningún “pero”, si bien es cierto que no he sentido una magia especial a excepción de algunas escenas donde si me ha transmitido que la imagen estaba queriéndome contar claramente parte de la historia, como por ejemplo, el momento donde sus protagonistas conectan, simbolizada dentro del coche, como no podía ser de otra forma, fumando unos cigarrillos y con sus manos saliendo por la ventanilla del techo del automóvil. Pero la decisión de toma de planos en general va acorde con la historia y con cómo nos la está contando, pero en el fondo no encuentro ningún riesgo en la dirección que, quizás, podría haber equilibrado y dado mayor empaque a la historia. Lo mismo ocurre con la fotografía, me falta algo que compense la cinta en ese sentido a lo largo de toda ella y no solo en momentos puntuales.

Las interpretaciones son correctas, si tuviera que destacar alguna serían las de Hidetoshi Nishijima con el papel protagónico de Yusuke y Toko Miura como Misake, afortunadamente; siendo el resto de intérpretes correctos a excepción de Masaki Okada que me parece que está lamentablemente a un nivel inferior al de sus compañeros teniendo un papel bastante relevante en la trama.

En definitiva Drive my Car parte de una idea interesante que se pierde entre ensayos teatrales, la contención desmesurada y la frialdad y cuando explota no lo hace con suficiente fuerza para poder compensar los 178 minutos de metraje.

VANESA LORENZO VIVAS.-

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