DAVID CRONENBERG: UN DÍA DE PESADILLA EN LA MENTE DEL SEÑOR X

David Cronenberg entró a mi vida hace muchos años, gracias a un festival de Sitges. Precisamente, aquel día le veía en persona por primera y única vez. Desde aquel momento, sus imágenes perturbadoras, sus obsesiones pesadillescas, sus parafilias sexuales, su violencia reprimida, tanto en su etapa teratológica como en la perversa, me acompañaron, convirtiéndose en uno de mis directores de cine de terror favoritos. Por ello, este relato ficticio construido a través de imágenes, escenas y pensamientos de los protagonistas de algunas de sus películas pretenden ser mi Director´s on the box homenaje al director canadiense hoy 15 de marzo, día en que cumple 76 años. Al final del mismo, tendréis en la «zona de spoilers», las películas ordenadas, a las cuál he referenciado en estas líneas. Espero que cuándo lo leáis lo disfrutéis descubriendo las referencias fílmicas tanto como yo armando el texto. 

Aquella mañana, el señor X salió de su casa bien temprano y se sentó en una cafetería. Se sentía tan desubicado como James Woods hablando y tomando el zumo de naranja matutino junto a monstruos. Aunque sin ataviarse con gabardina ni sombrero, aún no lucía como un galán ni como un detective privado, sino con un look mucho más desaliñado. No había dormido bien y, por ello, le costaba gran esfuerzo pensar con claridad. Antes de desayunar, nada más levantarse, volvió a comprobar si el transportador estaba bien codificado. Le rondaba algo en su cabeza y, al mismo tiempo, se notaba el cuerpo extraño. Por un lado, notaba la cabeza espesa y, por otro, le parecía que sus miembros eran capaces de todo.

La noche anterior estuvo tan absorbido en un programa frente al televisor, que sintió sus carnes engullidas dentro del show, junto a esas señoritas tan sonrientes como insinuantes.

Pero volvamos a aquella mañana, bien temprano, cuándo las luces aún no habían surcado el horizonte, cuándo cogió el coche y, antes de entrar en el túnel que enlazaba con la autopista, presenció un accidente. Se paró, y no por el «efecto llamada», sino que se le disparó algo dentro de él. Fue una reacción de placer, de excitación inexplicable, casi orgásmica, al ver aquellos cuerpos heridos, ensangrentados y semi mutilados. Se apartó de la escena, descartando esa idea e imagen de su mente, no sin un sentimiento de culpabilidad. Cuándo volvió a coger el automóvil y, aún con esas imágenes perturbadores poblando su subconsciente, se le cruzó un coche y no fue capaz ni de reaccionar, dando varias vueltas de campana.

Su siguiente recuerdo sería verse tumbado en una cama de hospital. No se sentía en aquel mundo cuándo apareció su mujer por la puerta. Al ver su expresión, supo que se había convertido en un monstruo o, tal vez, en algo peor. Pudo percibir un terror sincero y palpitante en su mirada. Su esposa le acercó el espejo y observó que tenía la cara semi desfigurada, especialmente, por la parte de la mandíbula.

Semanas más tarde, recibió el alta. Una vez recuperado en su casa empezó a vivir pesadillas. Nos sabía distinguir si eran sueño o realidad. Aunque siempre que despertaba lo hacia angustiado, sudando y pensando que el señor Y, su hermano gemelo, aún estaba allí a su lado, teniendo aquella conversación mil y una veces pendiente.

El día que más se asustó fue cuándo se convirtió en testigo de una violación atroz. Ni siquiera conocía a la chica, aunque pudo ver su sufrimiento y los ojos lascivos y perversos de su atacante en la penumbra. Al despertar, nunca supo con certeza si se trataba de un sueño premonitorio o, si por el contrario, había sucedido en realidad.

Su ansiedad era tan extrema que ya no podía conciliar el sueño ni centrarse en nada. Una de tantas noches de desvelo, apareció su mujer y le encontró sentado en los peldaños de las escaleras que separaban la planta baja de su dormitorio en el piso superior. Pensativo. Taciturno. Ella se le acercó con sigiló y le acarició. Todo se precipitó, él la agarró de repente, besándola con pasión, y la desnudó allí mismo, casi le hizo la ropa girones. Nunca antes había hecho el amor de aquel modo tan salvaje, poco les faltó para precipitarse ambos cuerpos escaleras abajo. Una vez que estuvo de nuevo sereno, se asustó de sí mismo.

Aquella misma noche, salió de casa y se acercó a un bar. Se sentó en una mesa y asistió a una conversación entre un señor mayor, de mirada fiera y un joven, con aspecto chulesco. Era una discusión acalorada, al menos eso pudo deducir por el tono de voz, pues no entendió ni media palabra. Debían hablar en ruso o en algún idioma de los países del este de Europa. Uno de ellos iba con unos tatuajes que llamaban la atención por sus dibujos y la extensión de los mismos. Se imaginó que eran mafiosos y que bien podrían salir de una de las películas de Scorsese que habían poblado su imaginario cinematográfico durante décadas.

Tras aquel cúmulo de situaciones, a cuál más desconcertante, el señor X se convenció a sí mismo de que todo lo que estaba viviendo no lo iba a olvidar fácilmente. Sintió la necesidad de calmarse, escuchando una voz familiar, aunque no cercana, pues hacía mucho tiempo que no se veían en persona. Tomó su teléfono y llamó a su hijo B, quién le contó algo espeluznante: Le dijo que haciendo el amor con su mujer había tenido unos pensamientos tan extraños como paralizantes. Como si alguien le estuviera condicionando para cometer un asesinato, un crimen que ni su moral ni su consciencia le permitían. Se sintió poseído y horripilado a partes iguales. No quería que, genéticamente, sus obsesiones por la carne, sus filias sexuales, sus pulsiones y la violencia reprimida, en definitiva, que su otro yo aflorara en su hijo, que no fuera heredado.

Pero…¿Qué podía hacer? Tras mucho meditarlo y no sin algunas dudas, decidió acudir a una especie de gurú para que le inoculara una sustancia y poder entrar en otra realidad, una realidad paralela en que todo era posible, como en un juego. Debía jugarlo y tratar de salvar su mente y su alma. No conocía el precio que tendría que pagar por tener una imaginación desbordante y cómo conseguiría exorcizar sus demonios interiores. Aunque valía la pena preservar el legado. O bien, destruirlo.

SPOILERS: Las películas homenajeadas en este texto -por orden de aparición- son: El almuerzo desnudo (1991), La mosca (1986), Videodrome (1983), Crash (1996) Rabia (1977), Inseparables (1988), La zona muerta (1983), Una historia de violencia (2005), Promesas del Este (2007), Posessor Uncut (Brandon Cronenberg, 2019) y EXistenZ (1999). 

SONIA BARROSO.-

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *