DA: UN PASEO POR LAS EMOCIONES

Pequeñas propuestas íntimas sería mi selección de esta edición del Festival de Cine de Autor. Empezamos mirando desde el otro lado de la Habitación 212 de un hotel en París, en la cuál confrontar los recuerdos sexuales y sentimentales de una pareja en crisis, el amor que hubo y el que quedó, lo que podía «haber sido si»…y, en cambio, no fue, por obra y gracia de Christophe Honoré. Y Una vez más, tras la nostalgia amorosa, perseguimos a dos treintañeros en su reencuentro por la luminosa y embrujadora Sevilla, durante un día y una noche en que rememorarán el amor que no hace tanto tiempo sintieron y avivarán los recuerdos tan alegres como dolorosos con la varita mágica del debut de Guillermo Rojas. Es como si quisieran reescribir sus memorias y sus historias, aunque, inevitablemente, el tiempo pase y las ilusiones se aviven y se desvanezcan, de manera inexorable. A veces, incluso, lo que deseamos es que siga habiendo una conexión tan fuerte entre dos personas, que no son quiénes creían ser cuándo se conocieron, como en Nocturnal, de Nathalie Biancheri.

Echando la vista más atrás…¿Cuántas veces nos preguntamos qué difícil era crecer y tomar nuestros propios caminos? Sino que se lo digan a Adam, el protagonista de la película de Rhys Ernst, que se enamora de una chica más mayor a la que le gustan las mujeres, haciéndose pasar por trans, y que vivirá en sus carnes nuevas experiencias, que irán modelando su identidad. O a Nevia, del film de Nunzia de Estefano, que intenta romper las cadenas de su realidad de pobreza y delincuencia, sumergiéndose en la fantasía circense y resistiéndose a ser una moderna cenicienta.

Y una vez ya más mayores, qué complicado continua siendo expresar nuestros sentimientos y lograr asentarnos laboralmente, sin perder la esencia de nosotros mismos. Lo saben bien los protagonistas de Violeta no coge el ascensor, de Mamen Díaz, que sufren los envites del amor y de la incompetencia emocional, así como los de A Stormy Night, de David Moragas. Hay qué ver cómo sienten el amor (sea gay o no, los sentimientos son universales). La ternura que produce descubrir, en cada mirada y en cada conversación, lo vulnerables y frágiles que podemos llegar a ser los seres humanos.

Aunque, siempre nos quedarán Las buenas intenciones (y no sólo las de Ana García Blaya) y los reflejos de nuestro pasado proyectados hacia nuestro futuro. Y lo que aún es más importante, los intentos de recomponernos tras las crisis colectivas, y también las individuales y familiares. Porque es ahí donde hemos dejado los frutos de nuestro esfuerzo, nuestros hijos y la banda sonora de las emociones vividas, algo que nadie nos podrá quitar y que nos quedará para siempre jamás. Pura melancolía, como la vida misma.

SONIA BARROSO.-

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