CÓMO HACER CINE CUANDO NO PUEDES

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El iraní Jafar Panahi está imputado por el (supuesto) delito de “actuar contra la seguridad nacional y hacer propaganda contra el estado”. El director fue condenado en 2010 a seis años de cárcel y veinte de inhabilitación para hacer cine, viajar al extranjero o conceder entrevistas. Desde ese momento, Jafar Panahi ha dirigido tres largometrajes: Esto no es una película, junto a Mochtabá Mirtahmasp (2011); Pardé junto a  Kambuziá Partoví y este año ha presentado Taxi Teherán. Galardonada con el Oso de Oro en el último Festival de Cine de Berlín, la película fue incluida en la Sección Perlas de la 63ª edición del Festival de San Sebastián.

Panahi es un director de cine inhabilitado, un cineasta al que se le impide realizar su trabajo. Pero, ¿cómo hacer cine cuando no puedes hacer cine? ¿Cómo denunciar una situación social que crees injusta cuando se te considera un peligro para la seguridad nacional? Pues dejando, efectivamente, de rodar. El director ya no hace películas: filma la realidad que le rodea, la que le ahoga. Es posible que los recursos de los que dispone un director puedan asegurar un producto final más o menos refinado. En este caso, dicho producto está, no sólo por encima de los recursos invertidos, sino que trasciende sobre cualquier expectativa que podamos tener ante la película. Panahi juega a ser alquimista, convirtiendo la ficción en realidad, y no al revés, protestando a un volumen que el oído del censor no es capaz de captar, pero sí el espectador. Porque el juego de Taxi Teherán es tan evidente, se esconde tan a la vista de todos, que precisamente por ello no hace saltar las alarmas.

Cuando no se dispone de millones de dólares de presupuesto, cuando ni siquiera puedes rodar, es cuando las ideas, el guion si se quiere, se tornan más importante. Así que Panahi vuelve a “no hacer una película”. No dirige, conduce un taxi. No hay sets, cámaras ni decorados, estos son sustituidos por cámaras de seguridad instaladas en el taxi, y una ciudad en la que desarrollar la acción. Y, por supuesto, si esto no es una película, tampoco hay actores. Al menos, no profesionales. Personas anónimas (excepto la sobrina del director, Solmaz Panahi, o la abogada y activista, Nasrín Sotudé) que suben al taxi de Panahi, le reconocen en algunos casos, y charlan con él de su situación familiar, política, etc. Ante nuestros ojos pasan dramas y ruindades, debates y críticas. Se hablan de libertades coartadas, y hasta la propia Solmaz nos recuerda las leyes que justifican la condena a su tío.

Taxi Teherán, más allá de valores cinematográficos, es un grito de atención, un puñetazo en la mesa en la que se decide qué se puede ver y qué atenta contra el estado. Más necesaria que hermosa, más aguda que genial, es el mensaje que un preso logra hacer llegar al exterior. Al final, el alquimista ha logrado su objetivo: Darnos cine sin hacer una película.

IMMACULADA PILAR COLOM.-

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