EL COCINERO DE LOS ÚLTIMOS DESEOS: ENTRE LO DULCE Y SALADO

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Tras dos años de espera, llega a nuestras pantallas el último trabajo del reputado director Yojiro Takita, El cocinero de los últimos deseos. En esta ocasión, el responsable de la maravillosa Despedidas, nos ofrece una historia de aprendizaje, donde la muerte vuelve a jugar un papel importante, todo ello pasado por los fogones de la cocina japonesa. 

La premisa nos presenta a Mitsuru Sasaki (Kazunari Ninomiya), un afamado cocinero japonés al que su propio ego y auto exigencia le han llevado a la ruina. Para poder pagar sus deudas, Sasaki cocina el último plato que desean comer los moribundos a cambio de un millón de yenes. Un misterio hombre aparecerá entonces para ofrecerle tres millones de yenes a cambio de realizar un banquete basado en las recetas que el chef Naotaro Yamagata escribió en un libro desaparecido hace años. 

De esta forma el guión de Tamio Hayashi, basado en la novela de Keiichi Tanaka, nos ofrece una historia de descubrimiento tanto a nivel físico como emocional, y es que a medida que Sasaki se acerca al paradero del citado libro va conociéndose mejor a sí mismo. Lo que puede parecer, a priori, una historia sencilla, se transforma en un laberinto excesivamente enrevesado con numerosos giros de guión que terminan pesando demasiado en el desarrollo del filme por resultar varios de ellos inverosímiles. 

Por otro lado, si bien somos testigos de un drama dotado de ternura, en un momento dado, y sin previo aviso, el filme se transforma durante unos minutos en una especie de thriller político, para finalmente volver con la misma brusquedad a la senda dramática marcada desde el principio. Ocurre algo curioso con estos minutos, y es que si bien resultan sumamente interesantes, al no haber sido plantada esta posibilidad a lo largo del metraje, el espectador puede quedar un tanto desconcertado. Eso sí, si es capaz de pasar por alto este cambio de tercio, se encontrará con los minutos más disfrutables de la película. 

A pesar de los problemas que comento, no estamos ante una mala película. El acabado técnico es fantástico, con especial énfasis en el trabajo de Yoshinori Oshima, director de fotografía, quien se adapta a cada situación como un guante, y brilla especialmente en el tramo que acabamos de comentar. 

En el apartado actoral, Kazunari Ninomiya se encuentra con un hueso duro de rodear, y es que su personaje posee una prepotencia que mal llevado puede hacer que el espectador no consiga sentir empatía por él. El actor se esfuerza en superar esta adversidad aunque no siempre lo consigue. Más aún cuando se suma a la historia Hidetoshi Nishijima interpretando a Yamagata, un personaje que está lleno de paralelismos con el de interpretado por Ninomiya, pero al que Nishijima controla en todo momento ganándose instantáneamente al espectador. Entre los secundarios destaca Yoshi Oida, actor de renombre que, si bien no tiene muchos minutos en pantalla, se adueña de la función siempre que está presente. 

Por último, la labor de Takita en la dirección encuentra tantos claro oscuros como la propia película. Y es que tan pronto hace alarde de una puesta en escenas magnífica – todos los momentos en los que los personajes se encuentran cocinando, las escenas más íntimas entre Yamagata y su esposa, todo lo que ocurre durante el nacimiento de la hija de estos-, como parece desaparecer en favor de un cineasta que estira en exceso el drama y parece estar pidiendo al público su complicidad, resultando artificioso. Y esto es curioso, porque en Despedidas ya dejó claro saber manejar estos tiempos a la perfección. 

En resumen, estamos ante una película con luces y sombras, que merece la pena ver a pesar de sus errores, pues sus virtudes bien lo valen, mientras nos arrastra por un viaje culinario de lo más apetecible.

JOSU DEL HIERRO.-

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