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CANÍBAL: LA DUALIDAD DEL MONSTRUO
octubre 11, 2013 Especiales

Uno de los temas que, de alguna manera, marcaron la reciente edición del Festival de San Sebastián ha sido la dualidad. Interpretada de formas diferentes en películas muy distintas: Enemy, Caníbal, De tal padre, tal hijo o La mirada del amor. En cada una de ellas, por similitud o por disparidad, la dualidad es parte del hilo argumental de la cinta. Ya sea como el profesor universitario que encuentra a su doble en la piel de un actor (Enemy, de Denis Villeneuve); como la viuda que encuentra al doble de su difunto esposo (La mirada del amor, de Arie Posin); esas familias con hijos intercambiados (De tal padre, tal hijo, de Hirokazu Koreeda); o ese sastre que representa la dualidad en sí mismo (Caníbal, de Manuel Martín Cuenca). 

En Caníbal tenemos la dualidad por similitud, encarnada por Olimpia Melinte con su doblepapel de las hermanas Nina y Alexandra; y tenemos el caso contrario, en el papel de Antonio de la Torre, Carlos, ese ser incapacitado emocionalmente, con una doble vida, la del tipo gris en lo personal y respetado en lo profesional, que desarrolla esa vertiente salvaje, que le empuja a comer carne humana. La misma pasión y detalle que dedica a su profesión, lo dedica a la “caza” de la víctima apropiada, siempre mujer. Es el acto último de posesión y toda una liturgia: el acecho, la captura, la ejecución y la degustación. Carlos, sastre granadino, es ese vecino del que nunca nadie ha oído nada malo. Y eso es lo que aterra al espectador, compartir rellano, o escalera, con un tipo al que se etiquetaría como solitario, incluso soso, y que esconde cadáveres en la nevera. En el más literal de los sentidos. La paradoja de Carlos no es que sea incapaz de sentir, es que no reconoce los sentimientos. El desarrollo de esta paradoja es el fundamento de la película que, entre sombras y desarrollo de la historia fuera de cámara, nos va adentrando, escena a escena, en esa polaridad del personaje interpretado (magistralmente) por De la Torre. A su lado, Nina y Alexandra, luces y sombras también, pero en dos personas diferentes. Las hermanas gemelas que, evidentemente, son la dualidad más evidente de la película. 

Martín Cuenca ha perlado su película de otras menos evidentes: como esa Granada contemporánea que vemos casi exclusivamente a través de las tradiciones. Hay más, pero queda en manos de cada espectador el buscarla y el analizarlas.

IMMACULADA PILAR COLOM.-

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