AMÉRICA ESTÁ MUERTA

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En los últimos tiempos, estamos viendo que, tras esos puntos de no retorno que nos ha dejado la era posmoderna de fin de siglo, el cine está experimentando hacia territorios sensoriales donde emoción y experiencia quieren darse de la mano. Curiosamente, este año, dos de esas cintas están nominadas en ambas categorías y que, además, comparten unos puntos temáticos tan estrechos que bien podrian establecer una trilogía junto a la cinta que vamos a desgranar.

Y es que tanto Birdman en el mundo de la actuación como Whiplash en el mundo de la música hablan del alto precio de la fama en sus respectivas áreas -cada uno extrapolable a otros ámbitos y con ejercicios, diferentes, eso sí, de pirotecnia conceptual-. Pero la pieza que nos faltaba busca la vía por otros mecanismos más añejos y, porqué no decirlo, más a contracorriente en estos tiempos de consumo fílmico fast food. Sólo ese aspecto sería uno de los numerosos motivos por los que considero la bella y oscura Foxcatcher, una obra maestra digna de todas las alabanzas.

Bennet Miller es un radiólogo del sueño americano que, como ya hizo en Capote, nos ofrece su cara mas oscura, triste y devastadora. Su cine es de tempo lento pero denso, donde la austeridad de cada fotograma suyo oculta, sin embargo, una cantidad de matices en progresión sencillamente prodigioso. Porque cuando el cineasta ha tenido un material adecuado a sus características como autor (algo que con el guión de la fallida Moneyball no fue en absoluto), pocos cineastas actuales pueden decir que tienen la habilidad de hablar, ya sea no sólo con imágenes y palabras, sino también con esos silencios que, a veces, hablan mucho más que las verbalizaciones falaces de sus personajes, tales como las de John du Pont, un manipulador infeliz que interpreta Steve Carrell de forma magistral.

Porque lo de las actuaciones también es para aplaudir. Channing Tatum no sólo esta mejor que nunca en este reverso “real” y oscuro de su héroe americano, sino que demuestra que puede ser un gran actor. Su Mark Schultz es una especie de oranguntán, visceral, solitario y antisocial a pesar de la relación que le une con su hermano, único nexo de existencia con el mundo y el único motivo por la que el caballo no ha salido del establo. No es para menos. Porque es con Dave Schultz donde Mark Ruffalo brilla casi sin pestañear. Él es todo carisma. Hermano protector, padre y marido ejemplar, representa, tal y como plasmó por ejemplo hizo H. G. Wells en la máquina del tiempo, esos “Elois” que viven ajenos a los “subterráneos” Morlocks, como podría ser el personaje del Sr Dupont. Un Dupont que el ya citado Carell interpreta a placer y que, a pesar de sus escasos momentos de humor, -perfectamente insertados en el tono- nunca lleva al personaje al esterotipo, sino al poliédrico dibujo del rol. Porque si bien el de Tatum podría ser la cara B de su Duke de Gijoe, aquí el actor de comedias como Superagente 86 interpreta aquí la versión dramática y tenebrosa de su Michael Scott en The Office USA.

Un personaje que se tapa con la bandera de barras y estrellas buscando unos valores no sólo cadáveres, sino en vías de descomposición y que resultarían ridículos, si no fuera porque esa negrura es un epitafio descomunal a la vida que hiela el alma.

Hay muchos más mensajes entre líneas en esta historia (que vuelve a firmar Dan Futterman entre otros como en la ópera prima de Benett Miller), en la que la lucha libre es sólo el macguffin. No es un biopic. Tampoco es un film deportivo típico (único punto en común con su predecesora amén de su puesta de escena), pero por que en este caso es una cinta de derrotas y nunca de victorias. 

Ni mucho menos es un film convencional para un público mayoritario si no todo lo contrario: Es la crónica del asesinato del patriotrismo a través de tomas lejanas, figuras ensombrecidas, niebla y un Arvo Pärv que no por ser frecuente, no deja de escenificar con sus acordes, el ring dónde los sueños han muerto. Al menos, siempre podemos decir que una vez hayamos dejado esas huellas bajo tierra, podemos volvernos a levantar. Pero dolerá. Y diré mas aún: Seguira doliendo y dejando poso de obra magna.

JOAN BOTER ARJONA.-

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