BLACK BEACH: SOLO CONTRA EL MUNDO

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Secretismo, corrupción, encubrimientos… en Black Beach nada es lo que parece. Carlos  (Raúl Arévalo) es un empresario a quién envían a un país africano para mediar entre el  gobierno y un supuesto grupo terrorista que ha secuestrado un ingeniero americano. Al  principio, el objetivo real de Carlos y su empresa es el de presentar al gobierno como  una democracia plena para defender sus intereses económicos en la zona, pero las  intrigas que irá descubriendo harán que Carlos se implique emocionalmente en el  conflicto y ponga su vida en peligro para descubrir la verdad. 

Este es el argumento algo enrevesado –pero verosímil en el mundo en que vivimos – que presenta Esteban Crespo en su última película. Una amalgama de intereses  políticos, económicos y sociales que se ven desafiados por uno de sus propios  beneficiarios. Y es que Carlos, un ejecutivo más dentro de la maquinaria capitalista que  hace la vista gorda ante las injusticias, despierta una gran empatía con el país africano y  sus gentes porque trabajó allí durante años. Los implicados en todo el asunto no son  otros que sus antiguos compañeros. De hecho, el presunto secuestrador fue uno de sus  mejores amigos en el pasado. 

Aquí radica el interés de Black Beach. Las contradicciones; las dudas, la búsqueda de lo  que está bien y de lo que está mal. Un conflicto abierto entre implicaciones personales,  valores y derechos humanos por un lado y poder, estatus y beneficio económico por el  otro. 

El resultado de todo ello es un thriller trepidante, pero algo irregular, que más o menos  consigue mantener el interés a lo largo de toda la cinta. Sin embargo, la lista de aspectos  a mejorar es bastante larga. La película incluye alguna escena surrealista como una  persecución que empieza sin que se quiera herir al protagonista y acaba con los  antagonistas ametrallándole desde un helicóptero militar.  

Por otro lado, el título de la película parece algo forzado. Black Beach es el nombre de  una prisión que aparece en la película dónde se trata a los prisioneros de forma  infrahumana y, de hecho, es una referencia a una cárcel homónima que existe realmente en Guinea Ecuatorial. Una crítica muy acertada y en línea con el tono de denuncia que  impregna toda la película. El problema es que Black Beach es prácticamente una  anécdota en el filme de Crespo. Se menciona constantemente, pero su peso en la trama  es más bien ocasional. 

Además, las actuaciones son por lo general bastante flojas. Más allá de Raúl Arévalo,  que muestra el alto nivel al que nos tiene acostumbrados, el resto del reparto deja un  poco que desear. 

En definitiva, Black Beach es un thriller distraído y con un potente mensaje social que  pone el foco en los abusos de las dictaduras y los poderes fácticos que las respaldan.  Una macedonia de actores políticos del ámbito internacional dónde no se libra ni la  mismísima ONU y su Alto Comisionado para los Derechos Humanos. 

MARTÍ ESTEBAN.-

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