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58ª ZINEBI: LO MEJOR DE BEAUTIFUL DOCS
diciembre 2, 2016 Articulos

La sección no competitiva de Beautiful Docs nos trae lo mejor del género documental de la temporada de la mano de Zinebi. Por lo general suele haber todo tipo de propuestas, es decir, documentales narrativamente convencionales como los que podemos ver en la tele, trabajos que se fundamentan en la observación de la realidad que beben de la tradición del cinéma vérité y que son rodados sin apenas un guión elaborado para dejar que las cosas sucedan con naturalidad delante de la cámara, u obras que cuestionan los géneros del documental y de la ficción para jugar con la experimentación del lenguaje cinematográfico. Y sin más dilación vamos a comenzar con el repaso de las películas más destacadas de Beautiful Docs 2016.

safari

Safari (2016) es la última película del polémico Ulrich Seidl, autor entre otras joyas de Import export o la trilogía de Paraíso y después de su paso por festivales de renombre como Venecia y Toronto se ha estrenado en Bilbao. Seidl es un cineasta austríaco igual que el famoso y respetado Michael Haneke, pero las coincidencias no acaban ahí. Ambos tienen una mirada crítica, analítica, de la realidad, y su cine suele incomodar al espectador por la crudeza de las situaciones que muestran en sus obras. Sus películas no son nada complacientes, sino todo lo contrario: muestran con suma frialdad y distancia el absurdo discurrir de la condición humana. Sin embargo, los documentales de Seidl tienen otro registro, son cómicos porque elige a personas extravagantes y estrambóticas para que aparezcan en sus films. En ese sentido, los documentales de Seidl recuerdan al cine del alemán Werner Herzog, donde los extraños personajes son los protagonistas principales de sus historias.

Safari funciona exactamente igual que su anterior documental dirigido en 2014 En el sótano/In Basement, (estrenado en Zabaltegi del festival de San Sebastián), puesto que, nos muestra la vida de unas personas que la mayoría consideramos extrañas (por no decir otra cosa). En este caso los protagonistas de Safari son personas adineradas de origen austríaco que en sus vacaciones van de caza a los safaris africanos. Seidl además de mostrarnos cómo esta gente acaba con animales tan exóticos como una cebra o una jirafa recoge los testimonios de los protagonistas. Para poder acabar con el enemigo hay que conocerlo, nos diría Seidl con una sonrisa maliciosa. Es increíble ver cómo matan a esos animales tan extraordinarios sin sentir remordimiento alguno. Hay escenas realmente crudas porque entre otras cosas se nos enseña sin ningún tipo de censura cómo los africanos despellejan y cortan a los animales muertos.

Y como no podría ser de otra manera provoca estupor. El tono de la cinta sería demasiado sombrío sin la comicidad que genera la particular puesta en escena del director a través de los planos fijos y las elipsis. Su forma de narrar consigue que al espectador no se le indigeste la historia, lo hace soportable a los ojos del público. La frialdad que caracteriza su estilo hace que las personas que aparecen en pantalla nos sean completamente ajenas, es decir, está claro que no son parte de la especie humana, son extraterrestres; seguramente no podríamos llegar a comunicarnos con ellos, aunque habláramos su mismo idioma. Pero eso mismo hace que la película pierda su capacidad de impactar en la gente, es decir, de generar conciencia contra la matanza de animales, sean salvajes o no, porque se nos muestra la vida de personas que nos son totalmente extrañas. Por este motivo esta obra no puede ser reivindicada por los animalistas, puesto que, es un asombroso documento del absurdo de la condición humana. Por paradójico que pueda parecer, en esta historia los animales exóticos resultan ser los propios humanos. Seidl sigue haciendo de las suyas. Desconcertante.

taang

Ta’ang (2016) del realizador Wang Bing es un documental fiel al estilo del cinéma vérité, por lo que es innegable que es una propuesta arriesgada, no apta para todos los públicos. Es sencillamente bonita, pero como tiene una larga duración puede acabar aburriendo al personal. Como es de imaginar no es para nada comercial, ya que, apenas tiene una estructura narrativa que lleve al espectador por los entresijos de la historia. De hecho tampoco hay una historia propiamente dicha, ya que, el autor retrata los duros momentos a los que se enfrentan los refugiados de la minoría étnica ta’ang que han tenido que huir a China a consecuencia de los nuevos enfrentamientos que han estallado en la guerra civil de Birmania. Por tanto, el cineasta al igual que los corresponsales de guerra acompaña con su cámara a estos refugiados que han tenido que dejar sus casas. Como es de suponer la cámara intenta capturar la vida de estos refugiados y como los hechos están sucediendo en el momento mismo de la filmación la improvisación y la espontaneidad tienen un papel fundamental. El autor no tiene que construir ningún relato, ni hilvanar los acontecimientos de manera causal, simplemente tiene que grabar lo que está sucediendo en esos instantes y dejar que las cosas pasen. Él sólo tiene que estar atento a todo lo que sucede a su alrededor, sin molestar a los protagonistas con preguntas impertinentes. Ya tienen suficiente con sus vidas.

En la pantalla vemos pasar a muchos protagonistas anónimos, y somos partícipes de sus conversaciones como si fuéramos testigos presenciales. Hay ciertos momentos en los que pareciera que estamos ante una película de ficción, por ejemplo, cuando un grupo de personas está reunido junto al fuego, pero lo cierto es que al autor no le interesa jugar con las convenciones de los distintos géneros. Simplemente pone la cámara al servicio de los acontecimientos. Al igual que el cine de Kore-eda Wang Bing nos brinda esos momentos mágicos donde las personas están reunidas, hablan y comparten lo que tienen aún en los momentos más difíciles.

kate-plays-christine

Kate Plays Christine (2016) del guionista y director estadounidense Robert Greene se estrenó en Sundance a principios de año y obtuvo el premio al mejor guión. Se trata de un documental convencional en lo narrativo, por tanto, lo relevante aquí es la historia que se nos cuenta. Vamos al meollo, pues. El director nos plantea como reflexión el tema del suicidio y lo hace a través de una investigación llevada a cabo por la actriz Kate Lyn Sheil que trata de ponerse en la piel de Christine Chubbuck, una periodista del Canal 40 de Florida que se pegó un tiro en directo en 1974, época donde apenas se hablaba de depresión públicamente.

Es interesante porque el documental se sirve de distintos géneros para suscitar el interés del público, por una parte tenemos el trabajo de investigación periodística llevada a cabo por el equipo de la película porque la historia de Chubbuck ha sido olvidada por todos, y por otra parte, tenemos el trabajo dramático de una actriz que intenta desentrañar los motivos que llevaron a una persona joven, guapa y con éxito a quitarse la vida delante del público para poder comprenderla y empatizar con ella. Tiene todos los ingredientes para atrapar al espectador: drama, intriga e investigación. Además, tenemos los testimonios de algunos expertos para poder dilucidar porque Christine decidió suicidarse en directo.

Aparte del suicidio también se nos plantea el tema del sensacionalismo de los medios de comunicación de masas. Christine con su acto macabro quería denunciar la política de la cadena de televisión que había optado por la cultura del miedo, es decir, los responsables de las noticias dieron prioridad a los sucesos como los tiroteos, por ejemplo. ¿Qué podemos aprender de un tiroteo? Seguramente nada. Ya sabemos que la violencia existe, pero los medios ponen el foco en la violencia más extrema para asustar a la población. La explícita violencia a la que estamos acostumbrados a ver nos hace creer que vivimos en una época violenta y desalmada, pero según autores como Steven Pinker la violencia global está disminuyendo gracias al proceso de civilización. Nunca las sociedades han sido tan seguras. Se puede discutir la visión de Pinker, pero en mi opinión, su punto de vista me parece muy válido e interesante.

Y ahora viene la paradoja de toda esta historia. Christine Chubbuck horas antes de quitarse la vida le pidió a uno de sus compañeros de trabajo que grabara el programa en vídeo. Era algo inusual, pero el trabajador no vio ningún problema y lo grabó. Pues parece que el vídeo está maldito como sucede en Ringu de Hideo Nakata, por eso, nadie lo ha visto por lo que pueda pasar; nadie sabe dónde encontrarlo si es que todavía existe esa cinta. Es paradójico que tengamos que ver en la pantalla escenas desagradables y violentas todos los días, pero que no podamos ver el vídeo del suicidio de Christine. El suicidio ya es un tema bastante tabú y además si el suicidio se lleva a cabo en un plató de televisión para denunciar la política de las grandes empresas de comunicación es normal que todo el mundo haya olvidado la historia de Christine Chubbuck. Al fin y al cabo, son los magnates de las grandes cadenas quienes deciden lo que es real y lo que no. Para terminar el repaso a esta sección solamente quiero añadir que Kate Plays Christine es una apasionante historia que nos plantea interrogantes sobre el suicidio y sobre la naturaleza de los grandes medios de comunicación.

BEÑAT EIZAGIRRE INDO.-

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