WONKA: BOMBÓN DE CHOCOLATE NAVIDEÑO

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Recuerdo el día en que el libro Charlie y la fábrica de chocolate cayó en mis manos. Rápidamente quedé atrapado entre sus páginas, cautivado por las aventuras que aquellos niños, ganadores del ticket dorado, estaban viviendo, pero sobre todo fascinado por aquel enigmático, extraño y carismático personaje, Willy Wonka. Tras haber conocido dos adaptaciones al celuloide – Un mundo de fantasía (Willy Wonka and the Chocolate Factory) de Mel Stuart y Charlie y la fábrica de chocolate de Tim Burton-, la película que hoy nos ocupa actúa como precuela de la historia de Roald Dahl.

En ella se nos presenta a Willy Wonka, un joven y entusiasta chocolatero, que llega a la ciudad con la intención de abrir su propia tienda y dar a conocer sus particulares y mágicas chocolatinas. Sin embargo, la competencia es voraz y la corrupción está a la orden del día. Pronto, Wonka descubrirá que nada es tan fácil y tendrá que enfrentarse a diversos enemigos para poder alcanzar su sueño. Algo que considero indispensable destacar, pues la publicidad de la película parece empeñada en ocultar, es que estamos ante un musical con todas las de la ley. No algo como las dos versiones anteriores, donde los Oompa Loompas aparecían y realizaban algún número musical ocasional, sino una película donde las canciones tienen un peso sumamente importante y donde la historia se narra a través de ellas. Siendo solo en el tercer acto, donde las canciones dejan paso a una narrativa convencional llegando casi a desaparecer, sin hacerlo nunca del todo.

Paul King, quien ya sorprendió al mundo con Paddington -seamos honestos, pocos esperábamos algo de ella-, es quien se hace cargo de la dirección. King le imprime un toque más familiar y naif al conjunto, mucho más cercano a una tienda de golosinas que a la mala baba y el humor ligeramente negro que tenía la película de Burton. El cineasta cumple con creces y entrega algunos set pieces bastante inspirados, con mención especial a la secuencia musical con los globos y a la apertura del local de Wonka – quizá los puntos álgidos en el apartado visual-, aunque en ocasiones se echa en falta un sello autoral más latente. Sin embargo, es el departamento de diseño de producción quien realmente sale victorioso en su labor. Nathan Crowley consigue ser fiel a la obra original, homenajear el trabajo de sus antecesores y a la vez entregar algo que parezca nuevo y fresco.

En el apartado actoral, la joven estrella Timothée Chalamet se enfrentaba a la dura tarea de hacer olvidar a dos titanes como Gene Wilder y Johnny Depp. Wilder por un lado, había entregado un Wonka cabal y un tanto ajustado a la realidad sin perder ese punto de fantasía, con un ligero toque mordaz. Depp por su parte ofrecía un Wonka creepy y extravagante, que parecía gozar al ver cómo esos niños malcriados sufrían las consecuencias de sus actos y actitudes – algo que sentí cuando leí el cuento y por lo que siempre adoraré esta versión del personaje-.

Para afrontar este tremendo desafío, Chalamet opta por un nuevo giro de tuercas al personaje. Aquí no hay picaresca ni extravagancia, su personaje está lleno de color, inocencia y alegría. Una interpretación muy alejada de los personajes taciturnos a los que nos tenía acostumbrados el actor –Dune o Beautiful Boy-. Aquellos que usen esto para criticarle, van a tener que buscarse una nueva excusa. El actor parece estar pasándoselo en grande con el personaje y consigue llenar unos zapatos que, a priori, podrían parecer demasiado grandes. Es cierto que no tiene una gran voz y tampoco será recordado por su faceta de bailarín – aunque de ambas sale airoso-, es a base de carisma y ternura donde se gana el corazón del público. Y hablando de corazón, no podemos olvidarnos de Calah Lane, coprotagonista del filme quien se roba, en no pocas ocasiones, el show; complementándose a las mil maravillas con Chalamet y generando entre ambos una dinámica que derretirá a los espectadores. Ambos están acompañados por secundarios de lujo como Olivia Colman, Keegan-Michael Key, Rowan Atkinson, Sally Hawkins o, el auténtico roba escenas de la función y de quien sólo podemos lamentar que aparezca tan pocos minutos, Hugh Grant interpretando a uno de los míticos Oompa Loompa.

Por ponerle alguna pega, podríamos decir que hay un par de secuencias musicales con mucho potencial que terminan quedándose a medio gas, como si hubiesen tenido prisa por quitárselas de en medio para avanzar en la trama. Nada especialmente doloroso, pero sí ligeramente molesto, sobre todo al pensar en sus posibilidades.

En definitiva, Wonka estaba llamada a ser la película de las navidades y cumple con creces su cometido. No será perfecta, pero es un bombón de chocolate, un trozo de turrón si se prefiere – ya que estamos en estas fechas- que hará las delicias de nuestro paladar.
Cada generación tendrá su Wonka. Generaciones anteriores tuvieron a Wilder, la mía y posteriores tenemos a Depp, y la actual y venideras tendrán a Chalamet. Tres Wonkas tan distintos como geniales, el pícaro; el excéntrico; y el inocente. Por qué quedarse con uno cuando podemos disfrutar de los tres.

PD: Necesito saber más acerca de la historia de los quinientos monjes adictos al chocolate.

JOSU DEL HIERRO.-

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