10 AÑOS DE FACESONTHEBOX: DOLLS

 

 

Tener que elegir una película con el objetivo de conmemorar el décimo aniversario de Facesonthebox es tarea imposible y banal, sea dicho de paso. Por lo tanto, esgrimiré mis razones para que haya decidido rescatar Dolls, de Takeshi Kitano de mis recuerdos más vividos con el fin de compartirlo con los lectores.

Pero lo importante, en este caso, no es el texto en sí, sino el contexto de aquella experiencia estética que me impactó sobremanera en su día. Por consiguiente, Dolls dice más de mi experiencia vital que sobre la calidad de esta película en particular, y por ello no se trata de una obra maestra que haya sido encumbrada por críticos y por la mayoría del público. Es sólo una película, de entre tantas que existen, nada más y nada menos que eso. Siguiendo a algunos autores como Guattari el cine sirve como el diván de los pobres y eso significa que cada vez que nos enfrentamos a una historia tenemos que lidiar con nuestros miedos y anhelos más primarios en la oscuridad de la sala. La pantalla nos interpela en todo momento aunque a veces no seamos conscientes de ello de lo que somos y de lo que adolecemos.

Ciertos estudios científicos han concluido que nuestro estado de ánimo se ve condicionado por el tipo de cine que solemos ver. No es lo mismo ver una comedia o una cinta sombría con tono desalentador. Lo que ambas películas generan en uno son emociones totalmente distintas, y aunque parezca una tontería el hecho es que la ficción moldea nuestro mundo interior enormemente.

Nos influencia y nos afecta de manera drástica, por tanto, no es baladí reflexionar sobre este tipo de cuestiones. Es bueno detenerse a pensar sobre el tipo de cine que decidimos ver o simplemente preguntarse porque nos gusta lo que nos gusta porque la mayoría de las acciones las realizamos de manera inconsciente. Si una persona está acostumbrada a ver el tipo de cine que salpica la pantalla con la violencia más descarnada está construyendo, inconscientemente claro está, una visión del mundo que es perturbadora y hostil.

EL CINE DE KORE-EDA

En la actualidad Hirokazu Kore-eda es el director japonés al que más admiro y es por el tipo de cine que promueve y defiende en cada una de sus películas. Su cine es sencillo, cálido, conmovedor, pero no por ello tergiversa la realidad, ya que, aparte de resaltar los momentos más bonitos de la vida de los seres humanos también le interesa mostrar los sin sabores de la existencia humana. Al igual que los grandes cineastas clásicos como Ford o Hawks retrata la dureza de la vida, pero el tono de sus películas es afable (sobre todo desde que es padre de una niña) y reivindica el lado amable de las cosas.

 
Pero antes de que llegara Kore-eda con su visión esperanzador pude conocer a Takeshi Kitano y al surcoreano Kim ki-duk, quienes fueron mis directores predilectos por lo perturbador de su cine. Y ese cine reflejaba perfectamente lo que yo sentía en aquella época, ya que, la experiencia vital y la estética son un reflejo del corazón de cada espectador. Por consiguiente, quiero aprovechar esta oportunidad que se me ofrece para echar una mirada atrás y reflexionar sobre aquello que me perturbaba y me fascinaba al mismo tiempo.

DIEZ AÑOS DESPUÉS

Después de unos 10 años he vuelto a visionar Dolls de Takeshi Kitano por segunda vez. Como era de esperar la experiencia estética ha sido totalmente distinta. La historia en cuestión trata sobre el amor, pero no el amor que refleja el cine de Kore-eda, por ejemplo, ya que, retrata un amor que es enfermizo, malsano, y lo que es peor, realista. Sabemos que la manera que tenemos de concebir el amor en nuestra sociedad “civilizada” acaba maltratando y matando a mujeres, hombres y niños. El amor es una cuestión política, aunque el romanticismo hace que parezca cosa de dos individuos. Lo terrorífico de Dolls es que ese amor malsano se practica con total naturalidad en la cotidianidad de los hogares de todo el planeta.

Dolls es trágica, y encajaba perfectamente en la visión que tenía del mundo y del ser humano en ese entonces. Gracias a Dios mi corazón ha cambiado en estos últimos tiempos, y Dolls ya no me significa nada. La historia principal se centra en los mendigos atados, en dos amantes que están trágicamente unidos a través del amor y la muerte. Matsumoto (Hidetoshi Nishijima) acaba de dejar a su pareja Sawako (Miho Kanno) por la hija del presidente de la compañía en la que trabaja. Ha optado por el camino hacia el éxito y decidió romper el compromiso de matrimonio que tenía con Sawako. En las películas románticas se suele plantear la contraposición de la arcaica dicotomía entre el éxito y el amor, y en la mayoría de los casos (por no decir en todos) el autor de la misma promueve el valor del amor frente al dinero, a la fama o al reconocimiento. ¿Pero qué tipo de amor nos proponen como alternativa al éxito profesional?

EL AMOR EN NUESTRA SOCIEDAD

Dolls muestra el amor como solemos entender en nuestra sociedad: dependencia, sacrificio y tragedia, al fin y al cabo. Por ese motivo es tan terrorífico y tan fascinante porque el amor nos hace soñar y vibrar, pero también puede convertirse en la peor pesadilla jamás vivida. Lo que es innegable es que las ideas que tenemos del amor pueden ser perjudiciales para nuestro propio bienestar y esta película acierta de lleno cuando nos enseña la manera de amar que tenemos los humanos. La visión romántica del amor hace que creamos que la persona adecuada (nuestra media naranja) tiene que satisfacernos emocionalmente y sexualmente, y eso no es más que una gran falacia. Depender de una sola persona, en la mayoría de los casos de tu pareja es peligroso, ya que, cualquiera puede acabar pensando que sin esa persona la vida no merece la pena ser vivida. Y lo más importante en esta vida es que uno se pueda sentir bien consigo mismo, todo lo demás es secundario.

Sawako intenta suicidarse justo el día en que se celebra la boda de Matsumoto y su nueva novia. Matsumoto, al enterarse de la noticia, deja a la novia plantada y va en busca de su amada. Sawako, por desgracia, ya no es la misma, su cerebro ha sido dañado aunque haya sobrevivido al intento de suicidio. Entonces Matsumoto lo deja todo para permanecer al lado de ella día y noche, y poco a poco se convierten en unos zarrapastrosos mendigos sin oficio ni beneficio que deambulan por la tierra. Eso sí deambulan por espacios realmente bonitos (los bellos paisajes que aparecen en ella dan cuenta de la fascinación que nos genera el amor romántico-trágico). Ahora están unidos de por vida, están condenados a permanecer juntos, ya que, la culpa y la impotencia los ha unido para siempre. Sus vidas están entrelazadas por la tragedia.

La chica es incapaz de asumir la ruptura y deja de avanzar por su propio camino pensando que su destino estaba ligado a su amado y el chico, por otro lado, piensa que debe encargarse de ella porque él ha sido el culpable de que ella quisiera quitarse la vida. Las emociones y sentimientos de cada persona son responsabilidad de cada uno, por ello, no es lícito ni justo hacer responsables a las personas a las que amamos de nuestras emociones negativas y autodestructivas. El problema no es que Sawako haya perdido parte de su alma cuando se ha visto abandonada por su amado, el problema es que no es capaz de asumir que es un individuo con pleno derecho y que debe cuidarse ella misma. Como decía el maestro Osho uno debe ser egoísta, y lo primero es aprender a cuidarse a uno mismo si no es imposible que se pueda cuidar de las personas que están alrededor.

Sawako renuncia a su vida y Matsumoto imita la conducta de su amada. Deja de cuidarse y es así como se convierten en los mendigos atados. La historia que se nos cuenta trata de dos marionetas que son incapaces de cuidarse de ellas mismas y que inevitablemente se dañan mutuamente. Lo terrible de este relato tan paradigmático del amor romántico es que la incapacidad de quererse a uno mismo y por extensión, de cuidarse es la que provoca que las relaciones amorosas sean malsanas y dañinas para ambas partes. Sabemos lo difícil que es cuidar de uno mismo, pero eso no significa que sea lícito dañar a las personas que decimos amar porque nos carcome la amargura y la frustración y no sabemos cómo apaciguar nuestros demonios interiores. Uno debe pedir ayuda a los demás, y debe compartir malas experiencias para enriquecer la visión del mundo, pero lo importante es quererse a uno mismo y ser fiel a uno mismo. Cada uno tiene que cargar con su propia cruz.

Debemos empezar a cuidarnos a nosotros mismos porque si no nuestros propios problemas afectarán irremediablemente a los demás. Uno tiene que identificar la raíz de su amargura y su desesperación y de la misma manera tratar de asumir las emociones negativas para que no les afecte a los de su alrededor. El amor significa abandonar el miedo, y los celos y las inseguridades consiguen todo lo contrario, es decir, hacen que se extienda, que se vuelva más grande de lo que era.

Si Sawako hubiera tenido amor en su corazón nunca habría decidido suicidarse. Porque cuando uno tiene luz en su interior aunque una racha de viento apague algunas velas la luz volverá a brotar con más fuerza después del duelo correspondiente. Por lo tanto, se puede pensar que su relación con su amado no era tan bonita como se nos hace creer en la película, ya que, el corazón que rebosa gozo y amor sólo puede expandir la luz a su alrededor. Si Matsumoto no es capaz de valorar el amor que le ofrece ella, alguien más lo hará, puesto que, nadie puede rechazar un rayo de luz en este mundo donde reina la oscuridad.

Sólo los que traen amargura en su corazón pueden rechazar el amor de sus semejantes, pero en esta vida hay que ser agradecido. Si sonríes la vida te sonreirá.

BEÑAT EIZAGIRRE INDO.-

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